Tintos atlánticos vs. Tintos históricos

Carlos Lamoca Pérez

Miércoles 10 de Marzo de 2021

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Desde hace un tiempo y rompiendo de alguna manera las barreras de la ortodoxia gustativa oficial, los denominados "tintos atlánticos", han irrumpido en el mercado con una fuerza digna de todo elogio, tratando de buscar el hueco que, sin duda, merecen.

La modernización de unas técnicas de elaboración demasiado "tradicionales", la puesta en valor de las varietales autóctonas, la recuperación de terruños antes semi-cultivados y sobre todo, la irrupción de jóvenes bodegueros en el sector imprimiendo al mismo un mensaje de renovación y calidad, todo ello, todos estos esfuerzos, han logrado dotar a estos vinos de una vitola de modernidad que, en nuestra opinión, les augura un segmento de mercado que tiene una proyección futura de muy largo recorrido. Y no solamente por lo que se refiere a tintos. También en blancos (a salvo claro está las variedades por todos conocidas) irrumpen nuevos vinos.

El resultado final conseguido, concretado en unos vinos frescos, ligeros, frutales, salinizados por las brisas del océano y con la acidez justa de que les provee una insolación suave, han constituido el pilar fundamental en el que, el marketing, se ha apoyado a la hora de irrumpir en el mercado ofreciendo un vino nuevo, un vino diferente a los grandes vinos de crianza de todos conocidos. Bienvenidos sean.

No obstante, la coexistencia de estos vinos junto a los grandes y reconocidos vinos de nuestro país, se ha querido visualizar, de modo interesado, como una confrontación entre dos formas de cultura vitivinícola. Tanto los nuevos apóstoles del "mesías atlántico" como un sector significativo del "ancien régime" han querido, los primeros, ver en estos vinos, una forma más gratificante o si se quiere, más  auténtica y cercana de beber socialmente. Y los segundos, cabalgando en marcha triunfal, transmitir que seguimos estando ante vinos de segunda división que poco o nada tienen que hacer frente a las joyas de la corona. Quizá porque ni los unos ni los otros, se hayan preocupado de analizar de forma rigurosa y con los pies en tierra qué es los qué está pasando y cómo está evolucionando la sociedad.

Vinos informales pero de gran calidad,  vinos que, por su graduación, permiten beber más y por tanto compartir más. Vinos cercanos. Vinos que tienen un segmento del mercado, significativamente población joven (pero no solamente ésta),  que a poco que el marketing funcione, tenderán a crecer de forma espectacular. Tienen mercado. Y por tanto, tienen futuro. Resultan delicados, elegantes, compartibles y altamente competitivos en precio-calidad. Y desde luego más sofisticados que el fruto de la fermentación de algunas de esas cebadas malteadas que se embotellan en nuestro país.

¿Qué pasa con los vinos provenientes de las grandes varietales de nuestro país? Evidentemente tienen su mercado y lo seguirán teniendo. Son grandes vinos. Afrancesados casi siempre. Vinos para grandes ocasiones, Vinos para degustar, para compartir en momentos especiales. Vinos para reconocerse y si se tiene la suerte de lograr el momento, alcanzar el éxtasis.

No hay guerra. Cada mochuelo en su olivo. Esa debe ser la consigna. Ni, tratándose de "vinos atlánticos", criar mostos que no se deben criar porque el fruto no tiene ADN para ello. Ni, en el entorno de los frutos potentes, tratar de "fabricar" vinos ligeros  con varietales que deban estar destinadas a otros fines. En ambas situaciones, adulteraremos el gen y conseguiremos, en unos casos "vinos carpinteros" donde degustar el regaliz de la madera, simplemente porque ésta, se ha bebido el origen frutal del contenido. Y en otro caso, un zumo potente y maduro que, vestido como un adolescente, quisiera ser joven. Un joven las más de las veces, violento e imbebible.

Elaboremos dónde tenemos que elaborar y con los frutos que ese dónde nos ofrece. Hecho esto, el resto es fácil. Lo que tenga que ser joven, lo será per se. Lo que tenga que ser otra cosa, también lo será per se. Pretender modificar ese destino natural, tomando atajos y  caminos cortos, nos conducirá inevitablemente a, pasado el vértigo del acelerón, tener que desandar el camino.

Carlos Lamoca Pérez
Inspector de Hacienda del Estado.
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