Sierra de Francia: la ruta de lo auténtico

El vino es el hilo conductor de un viaje a través del paisaje natural y cultural de esta comarca salamantina que nos sumerge en un territorio lleno de patrimonio secular y donde prima la autenticidad de todos sus productos

Carmen Fernández

Jueves 18 de Junio de 2026

Hay rincones donde la geografía desafía a la lógica industrial y obliga a la agricultura a convertirse en un acto puro de resistencia. La Sierra de Francia es ejemplo patente de ello: situada el suroeste de la provincia de Salamanca, esta comarca montañosa reconocida por albergar el Parque Natural de Las Batuecas - Sierra de Francia y el primer municipio español declarado Conjunto Histórico, La Alberca, se erige hoy como uno de los tesoros vitivinícolas más honestos de la península ibérica. Nos sumergimos en este ecosistema de minifundios, policultivos en montaña y biodiversidad desbordante para descubrir unos vinos en los que se busca la diferenciación y la calidad apostando por la Rufete como variedad autóctona.

El ojo tarda en acostumbrarse a detectar las pequeñas manchas de viñedo en bancales en medio de los mil verdes de castaños, robles y cerezos que jalonan la Sierra de Francia. Suelos complejos, cepas viejas y bancales ganados de forma sostenible por los viticultores a la montaña conforman la viticultura de este territorio, donde la viticultura se mantiene desde hace siglos. Un cultivo que debemos entender como parte indisoluble de una forma de vida autosuficiente en la que se combinaba la producción de aceite, miel y productos de la huerta con la ganadería y la producción de productos cárnicos. El autoabastecimiento se convierte ahora en un producto completo que la pequeña Ruta del Vino Sierra de Francia convierte en una propuesta enoturística perfecta.

Certificada como Ruta del Vino de España desde 2017 y reconocida en 2020 como Mejor Destino Enoturístico Sostenible y Responsible por ACEVIN, el enoturismo que nos ofrece esta Ruta del Vino no se consume en grandes complejos arquitectónicos, sino que se vive en el reencuentro con un paisaje cultural latente, custodiado por unas pocas bodegas y viticultores empeñados en primar la pureza y la calidad extrema por encima del volumen.

Un paisaje esculpido por la geografía y el clima que se ha mantenido igual a lo largo de siglos

No encontraremos aquí grandes extensiones de viñedo perfectamente alineado. Al no haberse acometido nunca procesos de concentración parcelaria, el paisaje agrícola permanece fragmentado en pequeños minifundios que impiden la mecanización y obligan a realizar labores completamente manuales.

La comarca cuenta, además, con una excelente pluviometría, situándose como la segunda ruta del vino de España con mayor índice de precipitaciones, después de la Ruta del Vino Rías Baixas. Esto, sumado a un régimen de pocas heladas gracias a la protección de las formaciones montañosas, asegura maduraciones óptimas para una uva que hasta finales del siglo XX se vendía en grandes cantidades. A partir de la década de los 80, la zona sufrió una caída drástica del volumen de producción como consecuencia del éxodo rural y el auge de otros cultivos, principalmente el cerezo, que propiciaron el abandono de las viñas.

Será a partir de los 90 y comienzos de este siglo cuando comienza a recuperarse la producción de uva en la zona, orientada a pequeñas producciones para elaborar vinos de alta calidad y micro-bodegas que apuestan por la Rufete como elemento diferenciador, ya sea como monovarietal o en coupages con tempranillos y garnacha. Los marcos de plantación actuales presentan densidades altas, pensadas para la máxima competencia entre cepas y la obtención de uvas de gran concentración, con cepas longevas, la mayoría de más de medio siglo y suelos complejos y minerales, que permiten conseguir vinos frescos y elegantes, con un elevado componente mineral derivada de los suelos graníticos, pizarrosos y de cuarcita. Sin olvidar la presencia de vetas de corneana, pizarra metamórfica muy presente en muchos vinos del territorio de Castilla y León, como los de Toro, y que ofrece un perfil singular, uniendo estructura y mineralidad.

Ni verdejo ni Garnacha, Rufete

El patrimonio vitícola de la comarca es su mayor tesoro, no solo por su antigüedad y condiciones de cultivo si no por haber podido conservar variedades autóctonas tan singulares como la Rufete tinto y la Rufete Serrano Blanco, variedades genéticamente diferentes que solo comparten el nombre. La variedad tinta es una uva de piel fina y gran tipicidad que da lugar a vinos frescos y bocas complejas en vinos con crianza o en coupage con otras variedades como el Tempranillo, conocido localmente como Aragonés, y la Garnacha, aquí denominada Calabrés).

En blancos, la DOP Sierra de Salamanca consiguió en 2020 el reconocimiento oficial de la Rufete Serrano Blanco como variedad autóctona diferenciada, tras años de complejas investigaciones y batallas burocráticas. Se trata de una rareza de la que apenas se contabilizan hoy en día siete hectáreas en todo el mundo, ofreciendo vinos blancos de una finura, potencial de guarda y salinidad formidables. Las bodegas asociadas a este territorio, como Bodegas Cámbrico, Bodegas LaZorra, Abuelo Flores o Cuarta Generación, defienden vinos Honestos y elaboraciones donde la Rufete es su estandarte de diferenciación, junto con una filosofía donde el respeto por el entorno es innegociable.

La despensa de la Sierra

El enoturista que apueste por este territorio podrá descubrir que el vino convive estrechamente con el olivar y la apicultura, con la ganadería y el huerto, compartiendo la misma filosofía de primar la calidad radical sobre la cantidad, dando lugar a una variada y rica gastronomía que se puede disfrutar en un buen número de establecimientos hosteleros salpicados en el territorio. Esta riqueza enogastronómica, patrimonial y natural conforma una variada oferta de actividades turísticas que se recoge en el portal de turismo Sierra de Francia, en el que se ofrecen experiencias y planes para una amplia diversidad de públicos y gustos y en el que no faltan visitas guiadas, rutas en bicicleta,  senderismo o visitas a museos que nos permitirán descubrir este paraíso verde en medio de la dehesa salamantina.

Carmen Fernández
Licenciada en CC de la Información y especializada en enogastronomía y turismo