Vino y salud digestiva: las claves para entender por qué a veces provoca molestias

La doctora Malena García Arredondo explica qué ocurre en el aparato digestivo al beber vino y por qué la tolerancia depende de la persona, la cantidad y el contexto.

Escrito por

Jueves 27 de Agosto de 2026

Compártelo

Leído › 1320 veces

El vino forma parte de nuestra cultura gastronómica y de algunos de los momentos más sociales de una comida. Pero también es habitual escuchar aquello de "el vino me da acidez" o "después de una copa me siento hinchado". ¿Es realmente el vino el responsable? ¿Influye más el alcohol, la acidez, el tipo de vino o lo que hemos comido? La respuesta, como ocurre tantas veces en medicina digestiva, es bastante más compleja de lo que parece.

Para entender qué sucede hay que mirar más allá del alcohol. El vino contiene ácidos orgánicos, compuestos fenólicos y otras sustancias procedentes de la uva y de la fermentación que pueden interactuar con el aparato digestivo. Además, no todas las personas responden de la misma manera: el reflujo, la sensibilidad del esófago, la cantidad ingerida o incluso la combinación con una comida abundante pueden cambiar por completo la experiencia.

La doctora Malena García Arredondo, especialista en Aparato Digestivo, experta en neurogastroenterología y fundadora y directora de MGA Healthy Digest, aborda esta relación desde la medicina basada en la evidencia y sin demonizar el vino. Con más de 18 años de trayectoria profesional y actualmente vinculada al Hospital Memorial Publio Cordón de Pozuelo de Alarcón (Madrid), explica a Vinetur por qué no tiene sentido establecer una lista universal de vinos "buenos" o "malos" para el estómago y qué pequeños cambios en cantidad, ritmo, alimentación y horarios pueden marcar la diferencia para quienes disfrutan del vino y, al mismo tiempo, quieren cuidar su salud digestiva.

Empecemos por una cuestión muy habitual: ¿por qué algunas personas sienten ardor o acidez después de beber vino?

El vino es una bebida bastante más compleja de lo que parece desde el punto de vista digestivo. No contiene únicamente alcohol: contiene ácidos orgánicos, compuestos fenólicos y numerosas sustancias procedentes de la uva y de la fermentación que pueden interactuar con nuestro aparato digestivo.

Cuando una persona nota ardor después de beber vino pueden estar ocurriendo dos fenómenos diferentes. Por un lado, el alcohol puede favorecer el reflujo gastroesofágico en personas predispuestas. Por otro, el propio vino puede estimular la secreción de ácido del estómago, y este efecto no parece depender exclusivamente del alcohol. De hecho, en voluntarios sanos, 125 ml de vino blanco o tinto estimularon la secreción gástrica más que una cantidad equivalente de etanol. Es un buen ejemplo de que, fisiológicamente, el vino no puede reducirse simplemente a su contenido alcohólico.

Y después está el factor probablemente más importante en la consulta: la susceptibilidad individual. Una persona con reflujo, hernia de hiato o hipersensibilidad esofágica puede notar una copa que otra persona tolera perfectamente.

¿Tenemos tendencia a meter en el mismo saco acidez, ardor, reflujo y digestiones pesadas? ¿Qué diferencia hay entre ellos?

Sí, muchísimo. Y distinguirlos es fundamental. El reflujo es el fenómeno por el cual el contenido del estómago asciende hacia el esófago. El ardor o pirosis es el síntoma característico que puede producir: esa sensación de quemazón que asciende desde la boca del estómago hacia el pecho. La digestión pesada, sin embargo, suele describir otra cosa: plenitud después de comer, saciedad precoz, distensión, eructos o molestias en la parte superior del abdomen. Eso se aproxima más al concepto médico de dispepsia.

Por eso cuando alguien me dice "el vino me da acidez", como gastroenteróloga me interesa saber primero qué está sintiendo realmente, porque el mecanismo y las recomendaciones pueden ser distintos.

¿Es la acidez propia del vino la responsable de esa sensación de ardor o el alcohol tiene un papel más importante?

Esta es probablemente una de las cuestiones más interesantes. No es correcto pensar que el vino produce ardor simplemente porque sea una bebida ácida. Una cosa es el pH del vino y otra su capacidad para estimular al estómago para que produzca ácido.El vino contiene diferentes ácidos orgánicos, entre ellos tartárico, málico, láctico, succínico, acético y cítrico, y algunos tienen una actividad biológica especialmente interesante.

Los estudios experimentales han identificado al ácido málico y al ácido succínico entre los que más estimulan la secreción de protones. El málico parece contribuir especialmente al efecto de determinados vinos blancos y el succínico al de los tintos. Investigaciones anteriores habían identificado también al ácido succínico y al maleico, productos relacionados con la fermentación, como potentes estimulantes de la secreción gástrica.

Y posteriormente se ha visto algo todavía más interesante: no intervienen únicamente los ácidos. Algunos componentes fenólicos del vino, como catequina, ácido siríngico y procianidina B2, también han mostrado capacidad para estimular la secreción de protones en modelos experimentales. Por tanto, tenemos por una parte el alcohol, que puede favorecer el reflujo, y por otra una matriz compleja de componentes propios del vino que puede estimular la secreción gástrica. Eso explica por qué dos bebidas con la misma cantidad de alcohol no necesariamente producen la misma respuesta digestiva.

¿Influye el tipo de vino? ¿Hay diferencias entre tintos, blancos, rosados o espumosos desde el punto de vista digestivo?

Puede influir, pero evitaría establecer un ranking de vinos "buenos" y "malos", porque científicamente no podemos hacerlo. Los vinos difieren en alcohol, acidez, fermentación, azúcares residuales, polifenoles y otros componentes. Experimentalmente, algunos vinos tintos han mostrado una estimulación de la secreción ácida algo superior a los blancos, probablemente por diferencias en su composición de ácidos orgánicos y compuestos fenólicos. En un estudio en voluntarios sanos, la diferencia entre tinto y blanco mostró una tendencia, pero no alcanzó la significación estadística convencional.

Los espumosos añaden además el efecto de la carbonatación, que en algunas personas puede aumentar la sensación de distensión y los eructos. Pero en la práctica clínica hay algo que pesa muchísimo: la tolerancia individual. No recomendaría a alguien que abandone automáticamente el tinto porque tenga reflujo ni le diría que necesariamente va a tolerar mejor un blanco. Hay que observar qué ocurre en esa persona.

¿Y qué ocurre cuando el vino acompaña a una comida copiosa? ¿Puede ser la combinación, más que el vino en sí, la que desencadene las molestias?

Muchas veces creo que esta es precisamente la clave: no es solo el vino, sino la escena completa. Una comida muy abundante distiende el estómago y facilita los mecanismos que favorecen el reflujo. Si además añadimos varias copas de vino, alimentos muy grasos, postre, café y finalmente nos acostamos poco después de cenar, estamos acumulando factores. Por eso una persona puede tomar una copa de vino durante una comida normal sin ningún problema y tener ardor después de una cena de celebración. Antes de culpabilizar exclusivamente al vino, preguntaría: ¿cuánto comió?, ¿cuánto bebió?, ¿a qué hora cenó?, ¿cuándo se acostó?

¿Por qué hay personas que pueden beber vino habitualmente sin notar nada y otras que tienen síntomas incluso con una sola copa?

Porque la respuesta digestiva es extraordinariamente individual. Influyen la función del esfínter esofágico inferior, la presencia de hernia de hiato, el vaciamiento gástrico, la existencia previa de enfermedad por reflujo y, algo que actualmente conocemos mucho mejor, la sensibilidad visceral. Hay personas cuyo esófago percibe como doloroso o molesto un estímulo que en otras pasa prácticamente inadvertido. También importan la cantidad y frecuencia de consumo. En estudios observacionales, el consumo de alcohol se ha asociado con mayor probabilidad de enfermedad por reflujo, y la asociación aumenta conforme lo hacen la cantidad y la frecuencia. Pero son datos poblacionales: no significan que una copa produzca reflujo necesariamente en cada individuo. Por eso prefiero hablar de tolerancia individual antes que de prohibiciones universales.

¿Beber vino en ayunas favorece realmente la aparición de molestias digestivas?

Puede hacerlo en personas sensibles, pero tampoco convertiría "nunca beber vino en ayunas" en una regla médica universal. Sabemos que el vino puede estimular la secreción gástrica y que algunos de sus componentes interactúan directamente con la fisiología del estómago. Por eso, si una persona tiene tendencia al ardor, gastritis sintomática o dispepsia, probablemente tolerará mejor una pequeña cantidad de vino integrada en una comida que tomada rápidamente con el estómago vacío. Aquí volvemos al mismo concepto: cantidad, contexto y susceptibilidad individual.

¿Qué hábitos alrededor del vino pueden empeorar el reflujo o la sensación de hinchazón?

Sobre todo, convertir una copa en varias, beber rápidamente, acompañarlo de una comida excesivamente abundante y acostarse inmediatamente después. Me parece importante insistir en esto porque a veces buscamos qué variedad de uva o qué vino concreto es responsable y olvidamos factores mucho más sencillos.

En una persona con tendencia al reflujo puede ser mucho más eficaz reducir el volumen de la cena, beber despacio y dejar pasar tiempo antes de acostarse que elaborar una lista interminable de vinos prohibidos.

¿Hay algún mito relacionado con el vino y la digestión que le gustaría desmontar?

Desmontaría dos extremos. El primero es que "el vino ayuda a hacer la digestión" como si fuera un digestivo en sentido médico. Puede acompañar magníficamente una comida y formar parte de la experiencia gastronómica, pero eso no significa que fisiológicamente acelere el vaciamiento del estómago.

Y desmontaría también el extremo contrario: considerar que todo lo relacionado con el vino es necesariamente perjudicial. El vino, especialmente el tinto, contiene una matriz muy rica en polifenoles como flavanoles, antocianinas, proantocianidinas y otros compuestos fenólicos, que lleva años siendo objeto de investigación.

Hay pequeños ensayos de intervención que han mostrado que los polifenoles del vino tinto pueden modificar determinadas poblaciones de la microbiota intestinal. Y resulta especialmente interesante que algunos de estos efectos también se observaron con vino tinto desalcoholizado, lo que sugiere que dependen de los polifenoles y no necesariamente del alcohol.

Ahora bien, debemos interpretar estos resultados correctamente. Los estudios son pequeños y una revisión sistemática concluyó que, aunque existe una interacción interesante entre polifenoles de uva/vino y microbiota, todavía necesitamos más investigación antes de hacer afirmaciones clínicas sobre beneficios para la salud. Por tanto, ni "el vino es un medicamento" ni "una copa es un veneno" son buenos mensajes científicos.

Para una persona sana que disfruta del vino, ¿qué recomendaciones daría para disfrutarlo intentando minimizar las molestias digestivas?

Creo que aquí debemos diferenciar claramente dos preguntas: ¿recomendaría un médico empezar a beber vino para mejorar la salud? No. ¿Puede una persona sana que disfruta del vino integrarlo de manera responsable en su vida y su gastronomía? Sí, asumiendo que el alcohol no está exento de riesgo. Durante muchos años hemos hablado de los posibles beneficios cardiovasculares del consumo moderado de vino, especialmente dentro del patrón mediterráneo. Existen numerosos estudios observacionales que encuentran esas asociaciones, y el vino contiene polifenoles con propiedades biológicas interesantes.

Pero desde el punto de vista de la medicina basada en la evidencia no podemos asegurar que el alcohol sea el responsable de ese beneficio ni recomendar que una persona que no bebe empiece a hacerlo. Esto no significa demonizar el vino. Significa colocarlo en el lugar adecuado. El vino puede formar parte de nuestra cultura, nuestra gastronomía y nuestra vida social. Contiene además numerosos compuestos procedentes de la uva y de la fermentación con efectos biológicos que seguimos investigando. Pero no necesitamos atribuirle propiedades medicinales para poder disfrutarlo.

Un artículo de Laia Acebes
¿Te gustó el artículo? Compártelo

Leído › 1320 veces