La última destilería de La Haya de 1776 estudia dejar su sede histórica por la presión de los costes
Van Kleef teme perder el museo y la sala de degustación si no puede mantener el local abierto al público
miércoles 9 de septiembre de 2026

La destilería Van Kleef, fundada en 1776 y considerada la última que sigue operando en La Haya, estudia abandonar su sede histórica de Lange Beestenmarkt por la presión de los gastos urbanos. Su propietaria, Fleur Kruyt, sostiene que la tarifa municipal de aparcamiento de 50 euros al día, unida al alza de la energía, el alquiler y el vidrio, pone en duda la continuidad de la tienda, el museo y la sala de degustación abiertos al público en ese edificio.
La empresa sigue en funcionamiento y no ha cerrado ningún acuerdo para bajar la persiana ni para mudarse. Aun así, Kruyt plantea que Van Kleef continúe en otro formato si no logra mantener el emplazamiento actual: una actividad centrada en la producción y la venta al por mayor, en unas instalaciones situadas previsiblemente en las afueras de la ciudad y sin acceso para visitantes.
El caso afecta a una firma con casi dos siglos y medio de historia en la capital administrativa de Países Bajos. El negocio nació en 1776 con el nombre de Distilleerderij Anker y pasó a manos de la familia Van Kleef en 1842. Kruyt sostiene además que Vincent van Gogh pasó por el establecimiento cuando vivía en la misma zona entre 1869 y 1873, una etapa en la que trabajó en La Haya para la empresa de arte Goupil & Cie, propiedad de un tío suyo.
La trayectoria de la casa ha estado marcada por varios cambios forzados. En 1986, una inspección de seguridad consideró que los 40.000 litros de alcohol almacenados en cubas suponían un riesgo elevado para el inmueble, por lo que dejó de permitirse la destilación en esa dirección. La producción se trasladó entonces fuera del edificio y la propiedad pasó a manos de Stadsherstel Den Haag, mientras Van Kleef siguió como inquilina de su sede histórica. Tras ese proceso, el local reabrió en 1995 como un espacio mixto con museo, sala de degustación y tareas de embotellado y etiquetado.
La accesibilidad del barrio ha sido otro factor decisivo para el negocio. Kruyt recuerda que, en 2009, la instalación de barreras de tráfico en la zona para reducir la circulación de coches recortó un 80% los ingresos de la destilería. La empresaria señala que proveedores y clientes tenían que moverse por recorridos más largos y menos cómodos para llegar hasta el local, en un negocio que depende en buena medida de la venta directa al visitante.
A esos problemas se sumaron asuntos personales y financieros. Kruyt gestionaba Van Kleef junto a su marido, Louis Centazzo, y llegó a usar la vivienda familiar como garantía para mantener abierta la actividad cuando los ingresos se deterioraron. Tras la muerte repentina de Centazzo en 2015, ella quedó al frente en solitario. Más tarde perdió la casa y se trasladó a un apartamento dentro del propio complejo, según relata la propietaria. Al mismo tiempo, la transformación del barrio elevó la renta mensual del inmueble.
La pandemia agravó esa situación al obligar a cerrar temporalmente la sala de degustación. Kruyt y su equipo recurrieron entonces a nuevos productos de venta para sostener la caja, entre ellos un licor llamado “Van Kleef Vaccine”, elaborado con limoncello, vitamina C y un licor con jengibre, y un “ginitiser” en formato de espray. La empresaria afirma que esas iniciativas ayudaron a mantener ingresos en una etapa en la que el negocio presencial quedó prácticamente interrumpido.
La presión no ha desaparecido en 2026. Kruyt añade a la lista de gastos la nueva tarifa plana de aparcamiento de 50 euros diarios, que atribuye a una pérdida adicional de ingresos, y menciona además varias operaciones quirúrgicas tras romperse un tobillo durante unas vacaciones de verano. A su juicio, el problema principal no es un único gasto, sino la suma de alquiler, energía, botellas y otras cargas fijas en un establecimiento pequeño cuyo atractivo depende de que el público pueda entrar, probar y comprar en el mismo lugar.
Para tratar de sostener la actividad, Van Kleef mantiene abierta desde 2025 una campaña de financiación colectiva y ha estudiado ampliar su oferta para atraer a más visitantes. Esos planes han quedado ligados a las conversaciones con Stadsherstel Den Haag, propietaria del complejo. Tras más de dos años de negociaciones sobre el futuro del museo, el jardín y las viviendas del recinto, el dossier ha pasado al nuevo director de la entidad, Jan-Willem de Bruijn.
De Bruijn afirma que Stadsherstel está revisando el conjunto del inmueble y que su intención es actuar sobre la tienda, la sala de degustación, el museo, el jardín y los apartamentos para preservar esa parte del patrimonio de La Haya a largo plazo. Kruyt valora que la nueva dirección se tome en serio la continuidad del lugar, aunque añade que los retrasos en permisos y trámites han pesado en la evolución del proyecto.
La posible salida de Van Kleef del centro tendría una consecuencia directa sobre su modelo actual. La propietaria sostiene que las catas y la venta de botellas para llevar han permitido hasta ahora asumir el mantenimiento del museo y del material histórico que conserva la firma. Si esa fórmula deja de ser viable, la marca podría seguir existiendo, pero ya no en el formato abierto al público que ha mantenido durante décadas.
Van Kleef continúa recibiendo visitantes y mantiene activos su pequeño museo, la sala de degustación, la venta de botellas y la organización de encuentros en una antigua bodega reconvertida en sala. Entre sus referencias figura Bridal Tears, un licor con láminas de oro de 24 quilates que durante años se regaló en bodas. Kruyt asegura que la casa conserva recetas desde la década de 1840 y que sus productos siguen elaborándose sin aromas ni colorantes artificiales. También subraya que el archivo de la empresa guarda fórmulas que se remontan al siglo XVII y que siguen formando parte de la oferta que se sirve en el local.