José Peñín
Viernes 31 de Julio de 2026
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Siempre he pensado que las virguerías enológicas eran patrimonio de unos pocos elegidos. Enólogos sabios, terruños con pedigrí, viñedos de nombre sonoro y botellas contadas. Para entrar en su club había que tener una pequeña finca, una historia centenaria, un suelo excepcional y, a ser posible, un enólogo capaz de hablar de la mineralidad de una parcela durante media hora sin respirar.
Nunca entendí del todo por qué las grandes bodegas, esas que producen millones de botellas y manejan presupuestos que permitirían contratar a los mejores enólogos, comprar viñedos extraordinarios y construir vinos capaces de rozar los noventa y muchos puntos, no se decidían a entrar en ese territorio. La respuesta es clara: estaban en otra liga. Su liga era la del gran consumo, la de las botellas que no necesitan demasiadas explicaciones, la del vino que llega a millones de personas y no a unos cuantos coleccionistas. Su grandeza no estaba en producir poco y caro, sino en hacer mucho, bien y a un precio razonable. Mientras unos perseguían la gloria de la botella única, otros buscaban algo mucho más difícil: que su vino estuviera en la mesa de medio mundo. Pero las cosas están cambiando.
En los últimos años, algunas de estas grandes compañías han empezado a mirar hacia arriba. Sus gamas más altas alcanzan ya puntuaciones que hace tiempo parecían reservadas a las pequeñas bodegas de culto. El muro que separaba el vino de volumen del vino de prestigio comienza a tener algunas grietas.
Todos sabemos que Félix Solís ha construido buena parte de su historia sobre el gran volumen, sobre la capacidad de producir y comercializar vinos accesibles para un consumidor amplio. Un territorio que, en principio, parece situado en las antípodas de los vinos personales, de terroir, de pequeñas producciones y de botellas envueltas en una cierta aureola de exclusividad.
Por eso, durante años me hice una pregunta: ¿por qué las grandes bodegas, las que producen millones de botellas, no intentan demostrar que también pueden hacer vinos de alta gama?
No necesariamente para ganar dinero. El gran negocio está, evidentemente, en otro sitio. Un vino de culto puede ser rentable en términos de prestigio, pero nunca podrá competir en volumen con las grandes marcas de consumo. Se trata de otra cosa. De demostrar que también se puede jugar en el campo de la excelencia. De levantar la mirada. Y en esa nueva mirada aparece Félix Solís.

Hace unos días esta casa reunió en la sucursal riojana de Pagos del Rey a un grupo de catadores, importadores y periodistas especializados para poner en marcha una experiencia especialmente curiosa. La idea era crear un vino cuyo autor no fuera únicamente el enólogo de la casa, sino el resultado de un consenso sensorial colectivo. Una edición que se ha repetido en otras ocasiones para diseñar un contenido para la marca La Única mediante una cata a ciegas en la que entraban vinos del propio grupo procedentes de Toro, Ribera del Duero y Rioja, y de diferentes cosechas próximas. La escena tenía algo de laboratorio y algo de ceremonia.
Los catadores probaban, comparaban, puntuaban. Después llegaban las probetas, pequeñas cantidades de vino que se unían y se separaban hasta encontrar el equilibrio buscado. Se fueron cotejando los resultados individuales y, finalmente, las diferentes piezas terminaron formando un solo vino. El vino nacía así de muchas miradas. Me recordó, aunque solo fuera por el concepto del ensamblaje, a la vieja sabiduría de las criaderas y soleras andaluzas, donde el tiempo tampoco pertenece a una sola cosecha, sino a una sucesión de ellas.
Es lo que empieza a conocerse como superblending, una tendencia que está tomando fuerza en el Nuevo Mundo enológico. Penfolds es uno de los ejemplos más conocidos. Se mezclan añadas, y en ocasiones también orígenes, para buscar un estilo propio que no dependa de que un determinado año haya sido bueno o extraordinario.
En realidad, tampoco es algo completamente nuevo entre nosotros. Vega Sicilia lleva muchos años demostrando que el tiempo puede ser un ingrediente más del vino con su Reserva Especial, ensamblando distintas cosechas. Sierra Cantabria hace algo parecido con su CVC.
Unas semanas antes tuve ocasión de asistir, en el hotel Ritz de Madrid, a otra presentación de la compañía que me llamó la atención por motivos muy diferentes. La protagonista era Valeria Mazza, la conocida modelo argentina que compartió pasarelas con Naomi Campbell, Claudia Schiffer y Cindy Crawford, y que trabajó para firmas como Armani, Christian Dior o Ralph Lauren.
Valeria Mazza con la colaboración de Felix Solis ha querido acercarse al vino y a la naturaleza que lo rodea y ha puesto su nombre a una colección de dos vinos bajo el sello Finca Valeria. Su papel no es sustituir al enólogo, sino aportar algo que el vino necesita cada vez más: una dimensión estética. Porque el vino no se bebe solamente. También se mira.
Durante mucho tiempo los profesionales del vino hemos hablado de variedades, suelos, altitudes, barricas, fermentaciones y crianzas. Y está bien que así sea. Pero el consumidor que está llegando ahora al vino quizá no quiera escuchar una conferencia sobre el terruño antes de abrir una botella. Quiere, en ocasiones, que esa botella le diga algo antes incluso de probarla. Quiere frescura, diseño, sensualidad, belleza. Quiere que el vino tenga un relato.
Ahí aparecen los influencers. Una persona conocida puede conseguir que una botella aparezca en una revista de moda, de belleza, de estilo de vida o incluso en la prensa rosa, lugares donde jamás entraría una cata profesional. Quizá un vino de culto pueda conseguir 95 puntos de un crítico especializado. Pero una persona famosa puede conseguir que un vino para beber lo conozcan millones de personas que jamás han leído una nota de cata. El vino es para todos. No digo que una cosa sustituya a la otra. Son dos mundos diferentes.
El vino necesita a los críticos, a los periodistas y a los prescriptores profesionales. Pero también necesita salir de su pequeño círculo y hablar con quienes todavía no han descubierto que una botella puede ser algo más que una bebida. El proyecto de Félix Solís y Valeria Mazza entra en ese territorio que hoy conocemos como celebrity branding. La celebridad presta al vino una parte de su universo personal y el vino, a cambio, consigue entrar en lugares donde antes no tenía permiso para pasar.
El rosado procede de la Provenza francesa y está elaborado con garnacha, cinsault y syrah. Presenta un atractivo color salmón y una expresión fresca y frutal, con una fluidez que casi lo acerca a las sensaciones de los blancos. El otro vino es un blanco con ensamblaje de sauvignon blanc, chardonnay y verdejo procedentes de diferentes lugares de España. Permanece tres meses sobre sus lías finas. La chardonnay pasa además otros tres meses por barrica nueva de roble americano y francés. Son vinos jóvenes, frescos, ligeros, frutales, de buena acidez y fluidez. Vinos que buscan gustar antes que impresionar y acompañar antes que pontificar.
La colección ha sido desarrollada bajo la dirección de los enólogos Claude Gros y Carlos Villarraso y está pensada para un consumidor que busca moverse en el territorio premium sin necesidad de hipotecar la tarjeta. El rosado y el blanco tienen un precio aproximado de 13 euros.
En resumen: quizá lo más interesante de estas dos iniciativas de Félix Solís no esté solamente en los vinos. Está en lo que hay detrás. Tal vez ha llegado el momento de aceptar que las grandes compañías también pueden tener ambición enológica y que una bodega capaz de producir millones de botellas puede, de vez en cuando, permitirse el lujo de hacer algo que no necesita millones de compradores. Simplemente demostrar que puede hacerlo.
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