Las lías del vino pueden convertirse en antifúngicos contra enfermedades graves de la vid
Las fracciones hidrolizadas reducen hasta un 92% la propagación de dos hongos en los ensayos
jueves 29 de octubre de 2026

Un equipo investigador ha obtenido mezclas de biomoléculas a partir de lías de vino con actividad antifúngica frente a dos de los patógenos más dañinos de las enfermedades de la madera de la vid, Phaeomoniella chlamydospora y Phaeoacremonium minimum. El trabajo, publicado el 12 de agosto en la revista Systems Microbiology and Biomanufacturing, plantea una vía para convertir un subproducto habitual de bodega en una materia prima con posible uso en protección del viñedo.
Las lías son el sedimento que se acumula en el fondo de los depósitos de fermentación y de las barricas. En muchas bodegas se tratan sobre todo como un residuo que hay que gestionar, pero el estudio recuerda que su volumen es relevante: representan en torno al 25% de los subproductos de la elaboración. Su composición incluye células de levadura vivas y muertas, además de proteínas, péptidos, polisacáridos, lípidos y polifenoles.
Esa composición, no obstante, cambia mucho según las levaduras empleadas y la variedad de uva, entre otros factores. Por ese motivo, el grupo de investigación situó el control de la materia prima en el centro del proceso. La idea era comprobar si esa variabilidad podía orientarse hacia la obtención de fracciones con mayor efecto antifúngico.
El trabajo se centró en las enfermedades de la madera de la vid y, en particular, en la enfermedad de Petri, una de las más graves para la viticultura. Los dos hongos analizados colonizan los tejidos leñosos de las plantas jóvenes y provocan decoloración de la madera, necrosis, hojas con aspecto atigrado, menor desarrollo, marchitez e incluso la muerte de la vid.
El estudio recuerda que el control químico eficaz de estas enfermedades ha sido limitado desde la prohibición del arsenito sódico por sus riesgos para la salud humana. En ese escenario, los métodos de biocontrol han ido ganando interés como alternativa.
Para producir las mezclas antifúngicas, el equipo diseñó un bioproceso integrado con varias etapas. Primero trabajó con fermentaciones definidas, tanto con monocultivos de Saccharomyces como con inoculaciones secuenciales junto a cepas no Saccharomyces. Después aplicó autólisis asistida por ultrasonidos, hidrólisis enzimática y una ultrafiltración de 3kDa. Las corrientes obtenidas se ensayaron luego tanto in vitro como en plantas frente a los dos patógenos.
Los resultados marcaron una diferencia clara entre unas fracciones y otras. Los autolisados de alto peso molecular no frenaron el crecimiento de los hongos. En cambio, las fracciones obtenidas tras la hidrólisis redujeron el crecimiento micelial de Phaeoacremonium minimum entre un 45% y un 75%, y el de Phaeomoniella chlamydospora entre un 40% y un 57%.
También bajó la producción de conidios, una fase ligada a la propagación de los hongos. En Phaeoacremonium minimum la reducción llegó hasta el 92%, mientras que en Phaeomoniella chlamydospora alcanzó hasta el 61%, de acuerdo con los datos del estudio.
En los ensayos en planta, las fracciones hidrolizadas también ofrecieron resultados. Los síntomas de decoloración de la madera se redujeron entre un 47% y un 52% en un caso y entre un 35% y un 73% en el otro, mientras que el crecimiento endofítico de los hongos bajó entre un 63% y un 84% y entre un 80% y un 91%, respectivamente.
Los autores asocian esa actividad a la hidrólisis de las proteínas de levadura en péptidos más pequeños. Su interpretación es que la rotura de esas proteínas es la que permite que aparezca el efecto antifúngico, algo que no se observó en las fracciones de mayor tamaño molecular.
Además de medir la actividad biológica, el equipo analizó la química de las muestras. Mediante metabolómica no dirigida con UHPLC–ESI–TIMS–QTOF identificó firmas de metabolitos secundarios ligadas tanto a la cepa utilizada como al tipo de fermentación. En total, halló 448 variables capaces de diferenciar las condiciones de fermentación. Después, con un análisis de correlación basado en la actividad, localizó 49 biomarcadores putativos asociados de forma negativa al crecimiento de los patógenos.
A partir de esos resultados, los investigadores sostienen que el diseño de la fermentación puede actuar como un parámetro de calidad controlable desde el inicio del proceso. Es decir, que la elección de levaduras y la secuencia de inoculación podrían orientar la composición de las lías hacia productos con mayor efecto antifúngico.
Esa posibilidad tiene interés para el sector del vino por dos vías. Por un lado, abre la puerta a dar más valor a un subproducto de bodega que hoy está poco aprovechado. Por otro, sugiere una posible fuente de herramientas de biocontrol frente a enfermedades de la vid para las que las opciones químicas son escasas. Si esa línea se confirma fuera del laboratorio, el mismo proceso de fermentación que condiciona el perfil del vino podría influir también en la obtención de compuestos útiles para proteger nuevas plantaciones.
El propio trabajo sitúa los resultados en una fase experimental. La actividad se ha comprobado en ensayos in vitro y en pruebas en planta, pero no en ensayos de campo a gran escala. Eso significa que todavía no puede hablarse de una solución validada para uso comercial en viñedo.
Aun así, la investigación aporta una base concreta para seguir desarrollando productos antifúngicos a partir de lías. En un sector donde las enfermedades de la madera causan pérdidas en plantas jóvenes y elevan el gasto de reposición, cualquier avance que combine gestión de residuos de bodega y protección de la vid puede tener recorrido industrial si mantiene su eficacia en condiciones reales de cultivo.