El cambio climático sacude los cimientos de las denominaciones de origen en el vino

Lunes 16 de Febrero de 2026

La rigidez normativa europea choca con la necesidad de adaptación mientras regiones fuera del continente avanzan con mayor flexibilidad

El debate sobre la vigencia de los sistemas de denominación de origen en el sector del vino ha cobrado fuerza en los últimos meses. El pasado noviembre, Sandro Boscaini, presidente de la bodega italiana Masi, afirmó que menos del 10% de las actuales denominaciones italianas son realmente necesarias. Sus declaraciones han impulsado una discusión que ya existía sobre el papel de las indicaciones geográficas en el mercado internacional del vino. Hasta hace poco, la conversación se centraba en cuestiones comerciales y en la libertad creativa de los productores. Sin embargo, la situación climática ha pasado a ser un factor central.

En agosto del año pasado, Château Lafleur, una de las bodegas más conocidas de Pomerol, comunicó su salida tanto de la denominación Pomerol como de la de Burdeos. Desde entonces, todos sus vinos llevan la etiqueta Vin de France. La decisión responde a la necesidad de mayor flexibilidad para adaptarse a los efectos del cambio climático, como olas de calor y fenómenos meteorológicos irregulares, que dificultan el cumplimiento de las normas actuales de las denominaciones.

Mientras tanto, regiones vitivinícolas fuera de Europa están adoptando medidas más ágiles. En Australia, el Limestone Coast Grape and Wine Council (LCGWC), que agrupa a seis asociaciones regionales, está a punto de recibir una inversión importante destinada a mejorar la capacidad de adaptación al clima. Gran parte del dinero se dedicará a la gestión del agua, un asunto prioritario también en zonas como Burdeos.

Edward Cavanagh, director ejecutivo del LCGWC, explica que Australia adoptó las indicaciones geográficas para cumplir con los requisitos europeos y poder exportar sus vinos al mercado común. Sin embargo, señala que en Australia no existe un control estricto sobre las variedades permitidas o los estilos de vinificación, como ocurre en Europa. Según Cavanagh, ese tipo de regulación no sería aceptada por los productores australianos.

En Europa, modificar las normas es mucho más complicado. Las regulaciones suelen proteger tradiciones locales y estilos reconocibles antes que adaptarse a cambios ambientales o sociales. Simon Tscholl, coautor de un estudio reciente sobre la capacidad de adaptación al cambio climático en regiones vitivinícolas internacionales, afirma que cuando se perciben los efectos del cambio climático ya es tarde para reaccionar y que es necesario actuar cuanto antes.

Algunas regiones europeas están buscando soluciones dentro de sus posibilidades geográficas. En Alto Adige, por ejemplo, los viñedos con Denominación de Origen Controlada (DOC) se encuentran entre 200 y 1.000 metros sobre el nivel del mar. Subir a cotas más altas es motivo de debate porque supone cambiar la percepción tradicional del territorio vitícola. Sin embargo, varias bodegas están plantando viñas hasta los 1.150 metros y el centro local Laimburg realiza ensayos experimentales a alturas similares. El límite actual se revisa periódicamente.

Tscholl indica que las regiones montañosas tienen mayor capacidad para adaptarse porque pueden plantar viñedos a mayor altitud y así evitar temperaturas más elevadas. No obstante, uno de los principales problemas del sistema europeo es el tiempo necesario para alcanzar acuerdos entre productores y superar trámites administrativos.

En otras zonas como Mendoza (Argentina), donde la escasez de agua y el aumento térmico son preocupaciones principales, los cambios se producen con mayor rapidez. Pablo Cúneo, enólogo jefe en Luigi Bosca, explica que el reglamento original permitía modificar prácticas agrícolas y técnicas enológicas si mejoraban la calidad y reforzaban el carácter local. En tres décadas se han introducido cambios graduales en sistemas de riego y manejo del viñedo e incluso se han ampliado los límites geográficos hasta los 1.350 metros sobre el nivel del mar.

La dependencia excesiva de una sola variedad o muy pocas puede aumentar la vulnerabilidad ante el cambio climático. Tscholl señala que regiones monovarietales como Barolo o Verdicchio dei Castelli di Jesi tienen menos margen para adaptarse porque cambiar la variedad requiere superar obstáculos administrativos y puede afectar al perfil tradicional del vino.

Para responder a este problema sin perder identidad regional, Francia ha puesto en marcha un programa experimental que permite probar nuevas variedades dentro de las denominaciones. Burdeos fue una de las primeras regiones en aprobar oficialmente seis nuevas variedades en 2021. Este paso sugiere una apertura hacia la innovación ampelográfica como vía para asegurar la supervivencia futura.

En Alemania ya se permite utilizar variedades resistentes a enfermedades (PIWI) para elaborar Qualitätswein. Florian Koch, responsable de formación en el Instituto Alemán del Vino, explica que estas variedades pueden ayudar a mantener tradiciones como el Eiswein gracias a su tolerancia al frío y su resistencia ante condiciones meteorológicas imprevisibles.

Las indicaciones geográficas siguen aportando ventajas económicas y refuerzan el orgullo cultural entre productores. Sin embargo, las presiones derivadas del clima obligan a reconsiderar hasta qué punto deben mantenerse ciertas tradiciones frente a la necesidad de asegurar la viabilidad económica y ambiental del sector vitivinícola europeo e internacional.

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