California arranca más de 100.000 acres de viñedo por el desplome del consumo de vino
El principal productor estadounidense recorta superficie tras dejar sin recoger 1,2 millones de toneladas en dos campañas
miércoles 19 de agosto de 2026
Los viticultores de California están retirando viñedos sanos por un motivo distinto al de las plagas o los incendios: falta demanda para tanta uva. El ajuste llega después de una caída histórica del consumo de vino y se ha traducido en una poda drástica de la superficie plantada en el principal estado productor de Estados Unidos.
Las cifras que maneja el sector sitúan por encima de 100.000 acres la superficie de viñedo eliminada en California en los últimos años. A eso se suma otro dato que explica la dimensión del problema: en las dos últimas campañas, cerca de 1,2 millones de toneladas de uva para vino se quedaron sin recoger y acabaron perdiéndose en la propia cepa.
El movimiento resulta llamativo porque coincide con incendios que han puesto en riesgo otras zonas vitivinícolas, como el valle de Okanagan, en Canadá, o Burdeos, en Francia. En California, sin embargo, la razón principal no es sanitaria ni climática. Mike Veseth, economista especializado en mercados internacionales del vino y autor de The Wine Economist, sostiene que el sector vive un reajuste entre oferta y ventas tras años de consumo a la baja.
California produce alrededor del 80% del vino de Estados Unidos, por lo que cualquier corrección allí tiene efecto en el conjunto del mercado. Veseth sitúa el mismo proceso en otros grandes países productores, entre ellos Francia, Italia, España, Australia, Chile y Argentina. A su juicio, la corrección de la oferta es reciente, pero la caída del consumo viene de lejos y se observa desde hace dos décadas, aunque no con la misma intensidad todos los años ni en todos los mercados.
La guerra comercial entre Canadá y Estados Unidos ha empeorado la situación de las bodegas californianas. Antes de los boicots de respuesta iniciados a principios de 2025, Canadá era el principal mercado exterior del vino de California. Las prohibiciones provinciales al alcohol estadounidense han reducido esa salida comercial en un momento en que el sector ya arrastraba exceso de producción.
Veseth afirma que la pérdida del mercado canadiense no explica por sí sola la desaparición de más de 100.000 acres en cinco años, pero sí agrava el ajuste. Robin Goldstein, subdirector del Robert Mondavi Institute Center for Wine Economics de la Universidad de California en Davis, coincide en que el efecto de Canadá es importante. Recuerda que ese país compraba grandes volúmenes de vino no solo de California, sino también del noroeste del Pacífico y, en menor medida, de la costa este de Estados Unidos.
Antonia Mantonakis, profesora de marketing y psicología del consumidor y miembro del Cool Climate Oenology and Viticulture Institute de la Universidad de Brock, en Ontario, vincula parte de ese giro con la identidad del comprador. A su juicio, la guerra comercial ha reforzado la identidad canadiense a la hora de elegir productos y ha generado un rechazo más claro hacia las marcas estadounidenses. En esa lógica, no se trata solo de que en Ontario aumente la compra de vinos de Niagara o del condado de Prince Edward, sino de que baja la predisposición a comprar vino de California.
Los datos más recientes apuntan a una aceleración del recorte. El año pasado se retiraron más de 38.000 acres de viñedo en California, el 7% de la superficie del estado. Para este año se espera la salida de otros 40.000 acres. Si se cumple esa previsión, el volumen eliminado en tres años superará con holgura los 100.000 acres.
Arrancar una viña no es una decisión simple. Goldstein recuerda que el gasto de eliminar una plantación es alto y que el agricultor necesita un plan claro si quiere dedicar ese terreno a otro cultivo. Por eso, en muchos casos se opta antes por no trabajar la finca durante una campaña o por dejar la uva sin vendimiar. En 2024 se dejaron sin recoger unas 400.000 toneladas de uva, una cifra récord en aquel momento. En 2025 esa cantidad se más que duplicó hasta rondar las 820.000 toneladas, siempre con estimaciones del propio sector.
La acumulación de vino sin vender ayuda a entender esa decisión. Veseth explica que algunas bodegas no están comprando uva porque todavía tienen mucho vino almacenado en depósitos de cosechas anteriores. Pone como ejemplo su estado, Washington, donde calcula que aproximadamente la mitad de las viñas han desaparecido desde antes de la pandemia. En los viñedos que siguen en pie, añade, parte de la fruta ni siquiera se recoge porque no compensa pagar la vendimia si luego no hay comprador.
La lógica económica es directa. Si producir la uva sale más caro de lo que el agricultor puede cobrar por ella, mantener la plantación deja de tener sentido. Mantonakis recuerda que el sector también ha vivido el proceso contrario cuando el negocio ofrecía mejores márgenes. Hace unos 20 años, explica, en la región canadiense de Niagara muchos agricultores arrancaron melocotoneros y ciruelos para plantar vid porque la uva para vino resultaba más rentable.
Goldstein pide no interpretar la situación como una señal de pánico. Subraya que los gastos de explotación de un viñedo en California son muy altos, pero no cree que el consumo vaya a caer de forma lineal hasta hundir al sector. Recuerda que el vino forma parte de la vida económica y cultural desde hace miles de años y que en Norteamérica su consumo se mueve por ciclos de varias décadas. Mantonakis comparte esa idea y sostiene que el vino sigue ocupando un lugar importante en distintas generaciones y países.
Para algunas bodegas, la salida pasa por cambiar la forma de vender. Goldstein señala que en los últimos cinco o diez años han funcionado bien los clubes de vino, ligados a espacios de hospitalidad donde el público visita la bodega y compra de manera directa. Ese modelo, unido al enoturismo, nació con fuerza en California y después se ha ido extendiendo a otros mercados. En su opinión, las empresas que están resistiendo mejor son las que diversifican sus ingresos y no dependen solo de la venta tradicional de botellas.
Mantonakis cree que el problema no se resolverá solo con menos viñedo. Avisa de que el sector sigue comercializando el vino como si estuviera en 1999 y, en muchos casos, como si fuera un producto pensado para inversión o para un consumidor que ya no representa a toda la demanda. A su juicio, la viticultura y la enología están muy desarrolladas como ciencias, pero falta conocer mejor el comportamiento del comprador. Plantea que las bodegas y el conjunto del sector inviertan más en investigación sobre preferencias, hábitos y cambios generacionales, incluida la relación de la generación Z con el vino.