¿Por qué catar mucho vino no te convierte en experto?

Un estudio concluye que el aprendizaje estructurado pesa más que la simple exposición repetida

Jueves 27 de Agosto de 2026

Un estudio publicado este jueves, 27 de agosto, en la revista Intelligence & Cognitive Abilities cuestiona una idea muy extendida en el mundo del vino: que probar muchas botellas basta para convertirse en un gran conocedor. La investigación, dirigida por el psicólogo e investigador en inteligencia Maximilian Krolo, de la Universidad del Sarre, junto con el profesor Bates, de la Universidad de Edimburgo, concluye que la experiencia por sí sola no garantiza un aprendizaje profundo y que la formación ordenada pesa más.

El trabajo analizó si el nivel de inteligencia de una persona puede anticipar su capacidad para adquirir conocimientos amplios en un ámbito muy concreto. Para hacerlo, los autores eligieron el vino como campo de prueba. La razón, en palabras de Krolo, es que la viticultura, la elaboración y la diversidad de vinos no suelen formar parte de la enseñanza reglada ni son materias necesarias en la mayoría de los empleos. Para buena parte de la población, aprender sobre vino no aporta un sueldo mejor ni una salida laboral directa, de modo que sirve para observar qué ocurre cuando el interés nace de forma voluntaria.

La investigación se realizó con 525 participantes. Primero, todos completaron la prueba de inteligencia ICAR, una evaluación ya asentada que mide, entre otros aspectos, razonamiento verbal, razonamiento con matrices, percepción espacial y la capacidad para completar series de números y letras. Después respondieron a 68 preguntas tipo test del nivel 2 de WSET, uno de los sistemas de formación en vino más conocidos, con el fin de medir su base previa de conocimientos.

Además, el estudio separó a quienes trabajan en el sector del vino de quienes no tienen un incentivo profesional para aprender sobre esta materia. Con esa distinción, los investigadores buscaban diferenciar el interés personal del aprendizaje ligado al empleo o a la promoción laboral.

A partir de esos datos, los autores hallaron dos resultados principales. El primero es que la inteligencia fue un predictor del conocimiento sobre vino incluso al tener en cuenta dos factores que podían alterar la comparación: la exposición profesional al sector y el consumo de vino. Dicho de otro modo, las personas con mejores resultados en la prueba de inteligencia tendían también a acumular más saber especializado sobre este tema, también cuando no existía una obligación externa para estudiar ni una recompensa inmediata por hacerlo.

El segundo resultado apunta al modo en que se aprende. Krolo sostiene que beber vino con frecuencia sí se asocia con saber algo más sobre él, pero añade que ese consumo, sin una base de aprendizaje ordenada, no cambia por sí solo cuánto conocimiento extrae una persona de la experiencia. “Nuestros datos muestran otra cosa”, afirma el investigador al referirse a la idea de que basta con catar mucho para convertirse en experto.

Según explica, la diferencia aparece cuando el aprendizaje sigue una estructura. En los entornos profesionales del vino, las personas vuelven a encontrarse con los mismos tipos de vino, tienen que clasificarlos, reciben comentarios sobre sus aciertos y errores y aprenden dentro de un marco organizado. Es en esas condiciones donde, a juicio de los autores, la inteligencia ofrece una ventaja añadida.

La elección del vino como objeto de estudio no fue casual. Krolo subraya que se trata de una materia exigente desde el punto de vista intelectual. Aprenderla requiere familiarizarse con variedades de uva, zonas de producción, métodos de elaboración y estilos muy distintos. Al mismo tiempo, el vino tiene una presencia cultural visible en muchos países, lo que hace probable que un número amplio de personas se acerque a él por interés propio y no solo por motivos de trabajo.

Ese punto era central para los investigadores. Buena parte de los estudios sobre inteligencia y aprendizaje se apoyan en resultados escolares o laborales, dos ámbitos muy ligados al entorno social y económico de cada persona. En esos casos, separar qué parte del rendimiento procede de la capacidad cognitiva y qué parte depende de estar en un lugar donde aprender resulta más fácil no es sencillo. El vino, plantean Krolo y Bates, ofrece un terreno útil para observar mejor esa relación porque, para la mayoría, aprender sobre él no es una obligación.

Los autores también extraen una aplicación práctica para quienes enseñan o transmiten conocimientos sobre vino. Krolo cita entre ellos a minoristas, empresas de hostelería, viñedos, bodegas y escuelas del vino. Su mensaje es que una cata deja más huella cuando sigue un orden y persigue un objetivo de aprendizaje, en lugar de limitarse a servir una botella tras otra.

La investigación abre además la puerta a repetir este enfoque en otras formas de conocimiento de afición, como la música clásica o la observación de aves. La idea sería comprobar si la misma relación entre inteligencia, interés personal y aprendizaje ordenado se repite en materias alejadas de la enseñanza habitual y de los incentivos laborales.