La fermentación láctica vuelve más aprovechables los polifenoles del orujo de uva
El proceso libera antocianinas con aumentos de hasta el 63,3%
miércoles 16 de septiembre de 2026

Un estudio publicado este mes de septiembre, en la revista 'Waste Management' concluye que la fermentación láctica del orujo de uva puede modificar sus compuestos fenólicos y mejorar la fracción que queda disponible tras una digestión simulada. El trabajo analiza uno de los subproductos más abundantes de la elaboración de vino y plantea una vía para darle un uso alimentario con más valor añadido.
El orujo de uva es el residuo que queda después del prensado, formado por pieles, semillas y restos de pulpa. Aunque durante años se ha tratado sobre todo como un desecho o como materia prima para usos secundarios, contiene compuestos fenólicos de interés por su actividad antioxidante. Entre ellos figuran antocianinas, flavonoides y otros polifenoles presentes de forma natural en la uva.
La investigación estudió qué ocurre con esos compuestos cuando el orujo se somete a fermentación con bacterias lácticas en condiciones controladas. Los autores observaron cambios en el perfil fenólico del material y comprobaron que parte de los polifenoles más complejos se transforman en formas más simples, con mayor disponibilidad potencial para el organismo.
Según los resultados del trabajo, la fermentación favoreció la liberación de antocianinas, con aumentos de hasta el 63,3%. El estudio también apunta a una mejora de la bioaccesibilidad de flavonoides tras una digestión *in vitro* en comparación con la extracción con disolvente. Esa diferencia es relevante porque no basta con que un compuesto esté presente en un alimento: también importa qué parte puede liberarse durante la digestión y quedar disponible para su absorción.
Para medir ese efecto, los investigadores reprodujeron en laboratorio las fases gástrica e intestinal de la digestión. A partir de esa simulación comprobaron que la estabilidad de los compuestos fenólicos no es igual en todos los casos. Algunos se degradan o cambian durante el proceso, mientras que ciertos metabolitos generados por la fermentación muestran una bioaccesibilidad mayor que la de sus formas originales.
El trabajo se centra, por tanto, en dos pasos distintos. El primero es la transformación del orujo por acción de bacterias lácticas. El segundo es el comportamiento de esos compuestos ya transformados durante la digestión. La combinación de ambos análisis permite valorar no solo la composición final del ingrediente, sino también qué parte de ese contenido fenólico podría tener utilidad nutricional real.
Los autores sostienen que esta vía puede aumentar el valor nutracéutico del orujo de uva. En términos industriales, abre una posibilidad para reducir residuos en las bodegas y convertir un subproducto en ingrediente funcional. Para el sector de bebidas, esa línea de trabajo podría traducirse en nuevas aplicaciones para elaborados derivados de la uva o para formulaciones con compuestos fenólicos recuperados, siempre que estudios posteriores confirmen su estabilidad, seguridad y utilidad en productos comerciales.
La investigación encaja además en una línea cada vez más presente en la industria alimentaria: aprovechar mejor los restos de producción. En el caso del vino, la gestión del orujo tiene peso económico y ambiental, de modo que cualquier proceso capaz de extraer o transformar compuestos de interés puede cambiar el destino de toneladas de material que salen de las bodegas en cada vendimia.
Los resultados no equivalen a una prueba clínica en humanos. La digestión utilizada en el estudio fue una simulación *in vitro*, una herramienta habitual para estimar cómo puede comportarse un compuesto antes de pasar a estudios más complejos. Aun así, este tipo de ensayos sirve para identificar si una materia prima mantiene su interés una vez supera las condiciones químicas del estómago y del intestino.
En este caso, la fermentación láctica aparece como una técnica capaz de alterar de forma útil la composición del orujo. El hallazgo tiene interés tanto para la ciencia de los alimentos como para el sector vitivinícola, porque une dos objetivos: dar salida a un subproducto abundante y obtener ingredientes con propiedades funcionales potenciales a partir de una materia prima ya disponible en la cadena del vino.