El valor de un paisaje vivo

El fuego arrasa montes y viñas, pero también revela el valor de un territorio cuidado y de quienes lo sostienen

Jueves 06 de Agosto de 2026

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Hay imágenes que cuesta olvidar.

Las llamas avanzando por toda la sierra de Gredos, devorando pinares, encinares, fincas, pueblos y viñas que llevaban generaciones formando parte del paisaje.

Porque quienes vivimos el vino sabemos que una viña nunca es únicamente una explotación agrícola. Es la historia de una familia. Es el trabajo de décadas. Es un patrimonio que no se puede reconstruir de un año para otro.

Los incendios que han golpeado estos días Madrid, Toledo, Ávila y buena parte del entorno de Gredos han dejado una huella enorme sobre el territorio. Decenas de miles de hectáreas afectadas, evacuaciones, pueblos enteros pendientes del viento y numerosas bodegas y viticultores viendo cómo desaparecía parte de su trabajo entre el humo y las llamaas. Algunas viñas se han perdido por completo. Otras han sobrevivido, aunque todavía queda por conocer el efecto que tendrá el humo sobre la vendimia de este año.

Pero quizá el incendio también nos obliga a mirar un problema mucho más profundo, porque el fuego empieza con una chispa, pero se convierte en una catástrofe cuando encuentra un territorio preparado para arder.

Durante décadas hemos ido abandonando el campo. Han desaparecido agricultores, ganaderos y pastores. Se han dejado de limpiar caminos, de aprovechar la leña, de mantener abiertos los montes, de cultivar parcelas que durante siglos actuaban como auténticos cortafuegos naturales.

Hoy, en demasiados lugares, el monte acumula durante años una enorme cantidad de combustible esperando el peor día posible: altas temperaturas, viento y baja humedad.

No se trata de buscar culpables sencillos ni de reducir un problema tan complejo a un único motivo. El cambio climático hace que los incendios sean cada vez más extremos, pero también es evidente que un territorio abandonado resulta mucho más vulnerable cuando llega el fuego. Los montes necesitan protección, pero también necesitan gestión. Y gestionar no significa destruir, significa cuidar.

En ese sentido, la agricultura y, en este caso, la viticultura cumplen un papel del que pocas veces se habla.

Cada viña es mucho más que una producción de uva. Es un espacio limpio, un terreno trabajado, franja que dificulta el avance del fuego, una forma de mantener población en el medio rural.

Cada agricultor que abandona su explotación es una pequeña derrota para el territorio y quizá deberíamos empezar a entender que apoyar al sector primario no consiste únicamente en comprar sus productos. También es una forma de proteger el paisaje que todos disfrutamos.

Sin embargo, en medio de tanta tristeza también ha ocurrido algo que merece ser contado. Porque estos días hemos visto la mejor versión del mundo del vino. Bodegas ofreciendo maquinaria a otras bodegas, viticultores ayudando a salvar viñas que no eran las suyas, personas dejando a un lado cualquier rivalidad para acudir donde hiciera falta, llamadas preguntando simplemente: "¿Qué necesitas?".

En regiones como Gredos, donde muchas explotaciones son pequeñas y familiares, esa solidaridad ha sido emocionante.

Y junto a ella, el trabajo inmenso de bomberos forestales, agentes medioambientales, Guardia Civil, Protección Civil, la UME, voluntarios y vecinos que han pasado días enteros luchando para proteger pueblos, montes y personas. Cuando un incendio alcanza estas dimensiones, ninguna institución puede hacerlo sola... Hace falta una cadena humana enorme, y estos días hemos podido verla en funcionamiento.

Quizá esa sea la única buena noticia que deja una tragedia como esta.

El vino siempre ha hablado de territorio, pero estos días también ha hablado de personas, de vecinos, de amistad, de oficio, de gente que entiende que cuidar una viña también es cuidar el paisaje que compartimos.

Ojalá, cuando esto quede atrás y vuelvan las lluvias, no olvidemos las lecciones que dejan estos incendios, porque apagar un fuego es urgente, pero evitar el siguiente debería ser una prioridad.

Y para conseguirlo hará falta volver a mirar al campo con el respeto que merece. Entender que un monte cuidado vale mucho más que un monte abandonado. Que una viña no sólo produce vino, sino que ayuda a conservar un territorio entero. Y que quienes trabajan la tierra no son únicamente productores: son, muchas veces, los primeros guardianes del paisaje.

Quizá esa sea la verdadera reflexión que nos dejan estos días.

Que proteger el campo no es una cuestión del mundo rural, es una responsabilidad de todos.

Un artículo de Bodegas Jiménez-Landi
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