Brasil emerge como mercado clave para el vino europeo pese a sus barreras de entrada
La rebaja de aranceles prevista por la UE y Mercosur exige ajustar marca, precios y estrategia comercial
domingo 8 de noviembre de 2026

Brasil se ha convertido en uno de los mercados que más interés despiertan entre las bodegas europeas en un momento en el que el consumo de vino en parte de Europa pierde fuerza y las exportaciones dan señales de menor ritmo. El posible impulso llega por dos vías: el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur, que prevé una reducción progresiva de los aranceles, y un cambio en la demanda brasileña, donde ganan terreno los blancos, los rosados y los espumosos.
Ese fue uno de los mensajes expuestos este sábado, 7 de noviembre, en el Merano WineFestival, durante un encuentro dedicado al negocio del vino entre Brasil y Europa. Helmuth Köcher, fundador del certamen, recordó que cuando puso en marcha el festival en 1992 en Italia se bebía el doble de vino que ahora. Frente a esa evolución, señaló que en Brasil aumenta tanto el consumo como la atención por las etiquetas de calidad.
El acuerdo entre la UE y Mercosur aparece como uno de los factores que pueden cambiar el mapa comercial en los próximos años. Nelson de Andrade, representante del Ministerio de Agricultura de Brasil, afirmó que el pacto refuerza una relación ya existente entre Brasil y Europa y abre una nueva etapa para desarrollarla. La lectura que hacen los participantes del sector es que la rebaja gradual de los aranceles puede facilitar la entrada de más vinos europeos en un mercado que ya compra mucho producto del exterior.
Los datos presentados en el encuentro dibujan un país con peso propio en la producción y, al mismo tiempo, con una fuerte dependencia de las importaciones. Brasil cuenta con 965 bodegas registradas, más de 16.000 productos y alrededor de 310 millones de litros declarados. En comercio exterior, las importaciones de vino rondan los 561 millones de dólares, mientras que las exportaciones se sitúan en 13,8 millones.
La estructura de ese mercado también marca el punto de partida para Europa. Chile y Argentina ocupan las primeras posiciones entre los proveedores de vino a Brasil. Dentro de Europa, Portugal es el país con más presencia. Para Italia, y por extensión para otras bodegas europeas, eso significa que hay margen, pero no un acceso automático. El propio sector admite que el país sudamericano no sirve como salida rápida para compensar la debilidad de otros mercados.
Marcelo Vargas, productor y distribuidor, avisó de que no basta con enviar producto al otro lado del Atlántico. En Brasil ya hay miles de etiquetas y, a su juicio, la entrada pasa por trabajar la marca, la comunicación y el precio. Esa combinación resulta especialmente importante en un mercado donde el vino importado compite con oferta local y con referencias de países vecinos que ya tienen una posición consolidada.
El cambio en los gustos del consumidor añade otro elemento a la estrategia comercial. Si hace pocos años el tinto dominaba con claridad, ahora avanzan los blancos, los rosados y los espumosos. También hay más interés por zonas italianas menos conocidas, más allá de los nombres clásicos. Para las bodegas europeas, esa apertura puede traducirse en nuevas opciones de venta, siempre que adapten la oferta al canal y al nivel de precio que acepta el mercado brasileño.
Karina de Souza, WineHunter Ambassador para Sudamérica y colaboradora en la edición brasileña del festival, insistió en que la estrategia comercial debe ir acompañada de adaptación cultural. A su juicio, vender vino en Brasil exige una forma de trabajar distinta a la que se aplica en otros países, como Japón. También señaló que los importadores brasileños ya miran con más atención a Europa y que la construcción de relaciones de confianza requiere tiempo.
Ese punto tiene una lectura directa para el sector de bebidas. Brasil ofrece a las bodegas la posibilidad de diversificar ventas fuera de sus destinos más habituales, algo útil en una etapa de menor dinamismo en algunos mercados europeos. Pero ese movimiento obliga a ajustar bien el posicionamiento del producto, el canal de distribución y el precio final, porque la entrada al país no depende solo del arancel.
De hecho, junto a la posible rebaja arancelaria aparece un freno interno. En el encuentro se recordó la llegada en febrero de 2027 de una nueva imposición en Brasil, conocida como impuesto del pecado, que grava bienes de lujo, tabaco y bebidas espirituosas y que podría afectar también al vino. El resultado es un equilibrio complejo: abrir más la frontera al producto europeo no garantiza por sí solo que el recorrido hasta el consumidor sea más sencillo ni más barato.
A eso se suma una burocracia que los operadores consideran exigente. Nelson de Andrade defendió, no obstante, que Brasil ofrece un marco serio y controles rigurosos orientados a garantizar calidad y seguridad. Por esa razón, en el festival se insistió en la necesidad de mantener un diálogo constante entre instituciones, productores, importadores y empresas ligadas al enoturismo, con la idea de preparar el terreno antes de que el acuerdo comercial despliegue todos sus efectos.
La posición de partida es clara: Brasil ya es un comprador relevante de vino y su demanda no se concentra solo en los tintos ni solo en los proveedores tradicionales. Para las bodegas europeas, el país representa una opción con volumen, pero también con barreras fiscales, comerciales y culturales que obligan a una entrada muy medida. En ese escenario, Portugal parte con ventaja dentro de Europa, mientras Italia busca ganar espacio apoyándose en un mayor interés por referencias de calidad y por estilos que hace pocos años tenían menos presencia en el mercado brasileño.