El productor del campo se ha convertido en gestor de datos y tecnología

La modernización productiva exige conectividad, servicios básicos y relevo generacional en las zonas rurales

martes 13 de octubre de 2026

Compártelo

Leído › 123 veces

El ingeniero agrónomo y analista agropecuario Gustavo Huesca Pérez sostiene que el productor agropecuario actual se parece poco al de hace cuatro décadas y que ese cambio no se explica por una pérdida de vocación, sino por una transformación profunda en la forma de producir. El pasado 9 de octubre, Huesca Pérez planteó que la imagen tradicional del hombre de campo sobre el tractor, recorriendo personalmente cada lote y decidiendo casi solo con experiencia propia, ya no basta para describir a buena parte del sector en el siglo XXI.

A su juicio, la agricultura dejó de apoyarse solo en el conocimiento directo del terreno y pasó a combinarlo con tecnología e información. El productor, afirma, puede empezar la jornada consultando el pronóstico para los próximos diez días en el teléfono, revisar imágenes por satélite, analizar mapas de ambientes, mirar precios en aplicaciones, hablar con su asesor agronómico y coordinar labores con contratistas. Esa secuencia termina, en muchos casos, con datos de rendimiento recogidos por la maquinaria casi metro a metro.

Huesca Pérez sostiene que ahí está uno de los cambios de mayor alcance de las últimas décadas: el campo ya no es solo tierra, trabajo y máquinas, sino también información con valor económico. En su análisis, una cosechadora moderna registra rendimiento y humedad en tiempo real, una sembradora ajusta densidad y distribución según cada ambiente y los equipos de pulverización reducen solapamientos con cortes por sección. El conocimiento del productor, añade, no desapareció, pero ahora convive con mapas de rendimiento, análisis de suelo georreferenciados, sensores, estaciones meteorológicas y modelos climáticos.

Para ilustrar esa transformación, el consultor cita el caso argentino. Recuerda que la campaña 2024/25 cerró con una producción de soja de unas 49,9 millones de toneladas, sobre 17,8 millones de hectáreas sembradas, y con un rendimiento medio en soja de primera de 30,6 quintales por hectárea. A partir de esas cifras, sostiene que detrás de los grandes volúmenes hubo décadas de incorporación de siembra directa, genética mejorada, biotecnología, fertilización, agricultura de precisión, maquinaria más compleja y nuevas formas de organización empresarial.

Ese cambio, según su planteamiento, también modificó la estructura del negocio. El productor ya no tiene por qué ser propietario de toda la maquinaria que utiliza, ni realizar por sí mismo cada labor. Puede contratar siembra, pulverización o cosecha; recurrir a asesoramiento agronómico; usar distintas herramientas comerciales para vender; financiarse por varias vías y operar con información climática y de mercados desde el móvil. Huesca Pérez define así la explotación agropecuaria como una red en la que participan contratistas, ingenieros agrónomos, proveedores de insumos, semilleros, acopios, industria, exportadores, bancos, aseguradoras y empresas tecnológicas.

El consultor advierte, sin embargo, de una paradoja. A su entender, el salto tecnológico puede convivir con una pérdida de población en los territorios rurales. En ese punto, introduce los datos del Censo Nacional Agropecuario 2018 de Argentina: 249.663 explotaciones agropecuarias, 418.058 personas empleadas de forma permanente y 700.750 residentes. Añade un dato que considera preocupante: solo el 11% de los productores y socios relevados en explotaciones de personas humanas o sociedades de hecho no registradas tenía menos de 40 años.

Con esas cifras, Huesca Pérez abre una discusión sobre el relevo generacional y la vida en el medio rural. Su tesis es que producir más toneladas con menos personas mejora la productividad, pero no resuelve por sí solo qué pasa con escuelas rurales, comercios, talleres, cooperativas, clubes, estaciones de servicio y pequeños pueblos. En su opinión, medir únicamente cuántos productores quedan o cuánto rinde una hectárea no permite ver todo el empleo, el conocimiento y la actividad económica que gira alrededor del campo, ni tampoco el vaciamiento que puede darse en algunas zonas.

El análisis se apoya también en la infraestructura. Huesca Pérez sostiene que internet, caminos, energía, educación, salud, transporte y vivienda forman parte de la base productiva del campo actual. Un productor que trabaja con plataformas digitales o consulta mercados y meteorología necesita conectividad. Una familia rural, añade, necesita servicios básicos para permanecer en el territorio. Y un joven requiere opciones para estudiar y trabajar sin verse obligado a marcharse de su localidad.

En ese punto, menciona a la FAO y a la CEPAL, que vienen señalando la importancia de las telecomunicaciones y de la alfabetización digital para que la transformación tecnológica llegue de verdad a las áreas rurales. También recuerda que ambos organismos advierten de fuertes diferencias de acceso e infraestructura dentro de los países y entre países. Para Huesca Pérez, el problema no es elegir entre tecnología y población rural, sino evitar que la modernización productiva avance sin una modernización del territorio.

La mirada del consultor va más allá de Argentina y se extiende al conjunto de América del Sur. Cita a Brasil, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Chile como ejemplos de realidades productivas distintas, aunque con una cuestión compartida: cómo convertir productividad en desarrollo territorial. En su planteamiento, la región cuenta con tierra, agua, climas diversos, conocimiento agronómico, universidades, instituciones de investigación y una posición de peso para abastecer de alimentos a los mercados internacionales. Pero entiende que ese potencial no debería limitarse a la exportación de materias primas, sino avanzar hacia más agroindustria, bioproductos, servicios profesionales, genética, maquinaria y conocimiento.

Huesca Pérez reserva un apartado para la agricultura familiar. Recuerda que la FAO estima que este tipo de agricultura representa más del 80% de las explotaciones agrícolas de América Latina y el Caribe, además de tener un papel central en la producción de alimentos, la conservación ambiental y el desarrollo rural. Por eso, sostiene que la incorporación tecnológica no puede quedar asociada solo a drones, equipos autónomos o cosechadoras inteligentes. También incluye aplicaciones para conocer precios, plataformas de conexión entre oferta y demanda, trazabilidad, diagnósticos sanitarios, estaciones meteorológicas de bajo coste, riego eficiente, formación online y acceso a internet para vender de forma directa.

En el terreno de las políticas públicas, el analista afirma que las herramientas pensadas para el productor de hace 40 años no bastan para el actual. Habla de la necesidad de más conectividad, caminos, financiación, seguros, información, capacitación, reglas estables, mercados transparentes e instituciones de investigación fuertes. Añade que la inversión en agricultura de precisión, riego o genética requiere horizonte y previsibilidad, porque sin esa base es difícil recuperar el capital invertido.

Su planteamiento sobre el relevo generacional va en la misma línea. Asegura que el sector necesita que los jóvenes quieran seguir vinculados al campo y que, para eso, no basta con presentar la actividad agraria como una salida de futuro. A su juicio, hace falta que vivir en un pueblo no implique renunciar a estudiar, trabajar con tecnología o acceder a una conexión adecuada.

El consultor apoya esa idea con otra cifra de la FAO y la CEPAL: en América Latina y el Caribe, la agricultura representa alrededor del 5% del PIB regional y el 18% del empleo. A partir de ese peso económico y laboral, sostiene que el debate no debería medirse solo en toneladas por hectárea, sino también en habitantes que permanecen, escuelas rurales abiertas, valor añadido que se genera cerca de la producción primaria y empresas que nacen alrededor del campo.

Huesca Pérez describe así al productor actual como algo más que un agricultor o ganadero: empresario, administrador, comprador, vendedor, usuario de tecnología y gestor de información. Aun así, recuerda que sigue sometido a la lluvia, a las heladas, a la sequía, al granizo, a las enfermedades, a los precios internacionales y a las decisiones políticas. La tecnología, afirma, reduce incertidumbre, pero no elimina el riesgo, y por eso mantiene que el campo de los próximos 40 años tendrá que combinar precisión, conectividad y servicios con población viviendo en el territorio.

¿Te gustó el artículo? Compártelo

Leído › 123 veces

Cookies

Utilizamos cookies y otras tecnologías para que el sitio funcione, analizar su uso y ofrecer contenidos externos. Puedes aceptar, rechazar o configurar las cookies opcionales.

Política de cookies