El ADN de semillas de uva de hace 3.000 años revela cómo empezó la viticultura en la Península Ibérica
Veintiocho semillas permiten seguir el árbol genealógico de la vid ibérica desde sus primeros cultivos
viernes 18 de septiembre de 2026

Un puñado de semillas de uva conservadas durante unos 3.000 años ha permitido reconstruir una parte de la historia de la viticultura en la Península Ibérica que hasta ahora solo podía conocerse mediante restos arqueológicos y comparaciones con las variedades actuales. El análisis de su ADN indica que las primeras vides cultivadas que llegaron al sur peninsular procedían del Mediterráneo oriental y ya estaban presentes hacia el año 1000 antes de Cristo.
La investigación, publicada el 10 de septiembre en la revista científica Current Biology, ha sido realizada por un equipo internacional con participación de la Universitat de València, el Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino (ICVV-CSIC) y el Instituto de Historia del CSIC, junto con investigadores de varias universidades europeas. El trabajo estudió 28 semillas de Vitis vinifera procedentes de siete yacimientos arqueológicos de la Península Ibérica y Cerdeña, con muestras que abarcan más de 2.000 años, desde la Edad del Hierro hasta la Edad Media.
Lo importante del estudio no está tanto en el número de semillas como en lo que los investigadores han podido obtener de ellas. Hasta ahora era posible estudiar la forma de una pepita antigua y compararla con semillas de vides silvestres o cultivadas, pero eso ofrecía una información limitada. En este caso se ha conseguido recuperar ADN antiguo y compararlo directamente con el de vides silvestres y variedades cultivadas actuales. En términos sencillos, los científicos han utilizado las semillas para construir una especie de árbol genealógico de la vid a lo largo de los siglos.
Las semillas cultivadas más antiguas analizadas proceden del suroeste de España y se sitúan aproximadamente en el año 1000 a. C. Su ADN presenta rasgos relacionados con vides domesticadas del Mediterráneo oriental. Los autores consideran que estos resultados encajan con la llegada de poblaciones fenicias a las costas del sur y este de la Península, que habrían llevado consigo vides ya seleccionadas y cultivadas en otras zonas mediterráneas.
Esto no significa que antes no hubiera uvas en la Península. La vid silvestre ya estaba presente. La novedad que aporta el estudio es otra: las plantas cultivadas llegadas desde el este comenzaron pronto a mezclarse con esas vides locales. Los investigadores han encontrado en semillas posteriores una combinación de ambas procedencias, la oriental y la ibérica. De ese cruce fueron apareciendo nuevas poblaciones de vid mejor adaptadas a las condiciones locales.
La historia, por tanto, no parece haber consistido simplemente en traer una variedad extranjera y cultivarla sin cambios durante siglos. Las vides introducidas se cruzaron con plantas silvestres de la Península y generaron nuevas descendencias. Hacia el siglo IV a. C., unos 2.500 años atrás, ya pueden identificarse en las semillas analizadas grupos genéticos relacionados con las variedades tradicionales ibéricas que aparecerían después.
El trabajo aporta además una pista sobre la velocidad con la que se asentó aquella viticultura. Según la Universitat de València, el cultivo fue adoptado por las poblaciones locales y la producción de vino adquirió carácter comercial en el sur y el este de la Península desde finales del siglo VIII a. C. La genética encaja así con la información arqueológica disponible sobre la expansión fenicia por el Mediterráneo occidental.
Una de las partes más llamativas de la investigación aparece cuando los científicos dejan de comparar únicamente semillas antiguas entre sí y las relacionan con uvas que todavía existen. Los resultados muestran que aquella historia iniciada hace tres milenios no quedó completamente borrada por los posteriores cambios en el viñedo. Algunas líneas genéticas sobrevivieron durante siglos y pueden seguir rastreándose en variedades actuales.
Una semilla medieval encontrada en Valencia, por ejemplo, presenta una composición genética que coincide con la variedad Pasa Valenciana. Los investigadores también identificaron otra semilla medieval como descendiente de Heben, una variedad que ha tenido una gran importancia en la formación de numerosas uvas ibéricas. El resultado indica que esta línea lleva propagándose durante al menos 1.100 años.
Aquí entra en juego una característica básica de la viticultura que ayuda a entender cómo puede mantenerse durante tanto tiempo una misma herencia genética. La vid puede reproducirse mediante esquejes, es decir, utilizando una parte de una planta para obtener otra genéticamente prácticamente igual. De esta manera, una variedad puede conservarse generación tras generación sin tener que nacer de una semilla nueva cada vez. El estudio concluye que la viticultura ibérica dependió durante largos periodos de esta propagación clonal, lo que permitió conservar determinados linajes.
Los resultados tampoco deben interpretarse como la identificación de una única “primera uva española” que haya sobrevivido intacta hasta nuestros días. Lo que aparece es una cadena de parentescos. Las vides procedentes del Mediterráneo oriental llegaron a la Península, se cruzaron con poblaciones silvestres locales y dieron origen a nuevas líneas que fueron seleccionadas y reproducidas durante siglos. Algunas de esas líneas forman parte del patrimonio genético de variedades cultivadas actualmente.
El estudio ayuda además a separar dos cuestiones que con frecuencia se mezclan cuando se habla del origen histórico del vino. Los investigadores no están afirmando que hacia el año 1000 a. C. se produjera por primera vez vino en la Península Ibérica. Lo que han podido fechar mediante el ADN es la presencia de vides domesticadas de procedencia oriental y seguir después su relación genética con plantas de épocas posteriores.
Para conseguirlo, el equipo trabajó con ADN nuclear y ADN de los cloroplastos. Aunque pueda sonar complejo, la función de ambos análisis es relativamente sencilla de entender: permiten averiguar de quién podían proceder aquellas plantas y con cuáles estaban emparentadas. El ADN de los cloroplastos aporta además información sobre la línea materna de la vid, mientras que el ADN nuclear permite observar relaciones familiares más amplias. Combinando ambos, los investigadores pudieron seguir la pista de las plantas durante varios periodos históricos.
Este tipo de investigación abre también una nueva vía para estudiar la historia del vino. Durante décadas, buena parte de lo que se sabía sobre las primeras viticulturas dependía de lagares, recipientes, restos de instalaciones, textos antiguos o de la forma de las semillas encontradas en excavaciones. El ADN permite ahora analizar directamente el parentesco biológico entre las plantas de diferentes épocas.
Las 28 semillas utilizadas en este trabajo han servido así para unir dos extremos separados por miles de años: las vides que comenzaron a cultivarse en la Península durante la Edad del Hierro y algunas de las uvas que han llegado hasta los viñedos modernos. La investigación sitúa el inicio de esa línea en plantas domesticadas llegadas desde el Mediterráneo oriental, pero muestra también que las vides silvestres ibéricas participaron pronto en su evolución y en la formación de variedades adaptadas a la Península.