Jueves 06 de Agosto de 2026
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La viticultura dispone de varias herramientas agronómicas para reducir los efectos combinados del déficit hídrico y de las temperaturas elevadas, y su eficacia depende de cómo se apliquen en cada viñedo. Esa es la línea de trabajo que expone Stefano Poni, profesor del Departamento de Ciencias de las Producciones Vegetales Sostenibles de la Università Cattolica del Sacro Cuore de Piacenza, en una intervención centrada en las estrategias de adaptación del viñedo al cambio climático.
Poni sitúa la elección del portainjerto como una decisión de medio y largo plazo. El objetivo es contar con material vegetal con mayor tolerancia a la sequía y capaz de mantener una actividad fisiológica adecuada cuando la disponibilidad de agua es limitada. En su análisis cita resultados del portainjerto M4, al que atribuye una mayor tolerancia al déficit hídrico y una mejor capacidad para conservar la eficiencia fotosintética durante los periodos de estrés.
La idea de fondo es que la respuesta de la planta no depende solo del manejo que se haga en una campaña concreta. También interviene la base sobre la que se asienta la viña. Por eso, la selección del portainjerto aparece como una de las primeras palancas de adaptación cuando se busca reducir el impacto del calor y de la falta de agua sobre el funcionamiento de la vid.
Junto a esa vía, Poni analiza la evolución del papel del riego en el viñedo. La irrigación ya no se limita a cubrir las necesidades hídricas de la planta. También puede utilizarse, explica, como una herramienta de protección frente a las heladas, para reducir la temperatura del dosel vegetal y para mejorar el microclima del viñedo durante episodios de calor extremo.
Ese cambio de función del riego amplía su valor dentro del manejo de la parcela. La aportación de agua pasa a formar parte de una estrategia más amplia, orientada no solo a sostener la actividad de la vid, sino también a moderar los efectos directos de situaciones meteorológicas severas sobre hojas, racimos y procesos de maduración.
Otra de las soluciones que recoge el profesor italiano es la aplicación de materiales reflectantes sobre la vegetación. Estos tratamientos, señala, permiten reducir la absorción de radiación solar y bajar la temperatura de hojas y racimos. El efecto práctico es una menor exposición a quemaduras, deshidratación y bloqueo de la maduración, tres problemas que pueden aparecer cuando coinciden radiación intensa y calor elevado.
El interés de esta técnica está en su acción directa sobre el dosel y sobre la fruta. Al disminuir la carga térmica y la radiación absorbida, se busca amortiguar parte del daño que producen los picos de calor en fases delicadas del ciclo vegetativo y de la maduración.
Poni insiste en que ninguna de estas medidas actúa por sí sola como una respuesta completa. La adaptación al cambio climático, afirma, pasa por combinar material vegetal, gestión del agua y técnicas de protección del dosel en función de las condiciones específicas de cada viñedo. Esa combinación, y no una única intervención aislada, es la que permite ajustar mejor la respuesta agronómica a cada situación.
La intervención se apoya en la especialización científica del investigador, centrada en la fisiología de la vid, la gestión del dosel, la respuesta al estrés hídrico y térmico y las estrategias de adaptación de la viticultura al cambio climático. Desde ese campo de trabajo, la tesis que plantea es clara: la capacidad de la viña para soportar periodos de escasez de agua y episodios de calor depende de decisiones encadenadas, desde la elección del portainjerto hasta el uso del riego y la protección física de la vegetación.
El mensaje técnico que traslada es que la adaptación exige ajustar varias piezas al mismo tiempo. Portainjertos con mejor comportamiento en sequía, sistemas de irrigación con funciones adicionales y tratamientos reflectantes sobre la cubierta vegetal forman parte de un mismo enfoque agronómico, orientado a mantener la actividad fisiológica de la planta y a reducir daños en hojas y racimos cuando aumentan el estrés hídrico y el estrés térmico.
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