Martes 05 de Mayo de 2026
La desconfianza de muchos agricultores hacia las herramientas digitales de riego no responde solo a una resistencia al cambio ni a una falta de formación. Un estudio de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) sostiene que ese escepticismo nace, en buena parte, de una crítica informada basada en la experiencia del campo y en la percepción de que muchas soluciones tecnológicas no se ajustan a la realidad agraria.
La investigación, publicada en abierto en Journal of Rural Studies, lleva por título Taking farmers' trust issues Seriously: Mistrust and the digital tech revolution in water management. La firman Paloma Yáñez Serrano y Lucía Argüelles Ramos, investigadoras del grupo Urban Transformation and Global Change Laboratory (TURBA Lab), junto con Louisa Prause, del Departamento de Política Medioambiental del Centro Helmholtz de Investigación Medioambiental de Alemania.
El trabajo se centra en tecnologías digitales de riego como la sensorización, la inteligencia artificial y los sistemas automatizados en zonas de regadío de Andalucía y Cataluña. Las autoras parten de una idea clara: en los debates sobre digitalización agrícola suele darse por hecho que son los agricultores quienes deben adaptarse a la tecnología, cuando en muchos casos ocurre lo contrario. Según el estudio, las herramientas digitales no siempre incorporan el conocimiento práctico, la experiencia sensorial ni las condiciones ecológicas y sociales que marcan el trabajo diario en el campo.
La investigación subraya que este asunto adquiere especial relevancia en regiones mediterráneas sometidas a sequía y presión sobre el riego. Paloma Yáñez explica que estas herramientas se presentan como soluciones para gestionar un recurso cada vez más escaso, pero su adopción depende de que los agricultores confíen en su fiabilidad y en su utilidad real. En esas zonas, añade, las decisiones sobre el agua tienen efectos directos en los rendimientos, la seguridad alimentaria y la estabilidad económica de las explotaciones.
El estudio sostiene que el rechazo no suele deberse a una oposición genérica a la innovación. Entre las razones que recoge figuran la exclusión del conocimiento práctico de los agricultores, la opacidad institucional y las limitaciones técnicas de algunos sistemas. Las autoras insisten en que la desconfianza puede ser una forma de escrutinio útil, capaz de señalar fallos y de empujar a diseñar soluciones más ajustadas a las necesidades del terreno.
A partir de sus hallazgos, el artículo propone un marco de cinco tipos de desconfianza. La primera es la epistémica, que aparece cuando los sistemas digitales ignoran el saber práctico, sensorial y contextual de los agricultores y priorizan modelos algorítmicos que no reflejan la complejidad del campo. La segunda es la ecológica, vinculada a herramientas que no captan la variabilidad climática ni los procesos naturales porque se apoyan en datos históricos o en supuestos de control poco fiables en un clima cambiante.
La tercera es la institucional, relacionada con las estructuras económicas y políticas que hay detrás de la tecnología, sobre todo cuando los agricultores perciben que los beneficios se concentran en grandes empresas y no en la agricultura familiar. La cuarta es la práctica, derivada de experiencias concretas de fallos técnicos, datos imprecisos o sistemas poco útiles en condiciones reales. La quinta es la relacional, que surge cuando los agricultores no participan en el diseño ni en el desarrollo de las herramientas y quedan reducidos a usuarios pasivos.
La investigación se apoya en un trabajo cualitativo. Las autoras realizaron 23 entrevistas a agricultores, representantes de empresas agrarias, desarrolladores tecnológicos e investigadores. Ese material se completó con observación directa en ferias tecnológicas y con el análisis de aplicaciones, informes y políticas públicas sobre digitalización agrícola.
Los resultados llevan a las investigadoras a cuestionar la narrativa que presenta a los agricultores como rezagados tecnológicos. El estudio plantea que, en muchos casos, son las tecnologías las que no se adaptan a las realidades agrícolas. Esa idea, según el texto, obliga a pensar la modernización desde la diversidad de sistemas productivos, con atención especial a los modelos agroecológicos y a los que fomentan la biodiversidad y los conocimientos locales.
Las autoras también proponen que la desconfianza informada de los agricultores se incorpore al proceso de innovación en lugar de tratarse como un obstáculo. Si se toma en serio, sostienen, puede mejorar la productividad y la calidad de la digitalización agrícola. Para ello, hacen falta mecanismos de transparencia, como el acceso a datos y algoritmos, y procesos de cocreación con los propios agricultores.
El artículo plantea además que la financiación de proyectos de digitalización del riego debería orientarse hacia propuestas más participativas, con el conocimiento y las necesidades de los agricultores en el centro. Según Yáñez, esa vía permitiría contrarrestar la pérdida de agencia del sector en el desarrollo digital y en la gestión del agua.
La investigación abre también una línea de trabajo futura. Las autoras quieren ampliar el alcance empírico del estudio y comprobar si el marco de desconfianza que proponen sirve para otros entornos agrícolas. Sus próximos proyectos se centran en analizar el papel de la digitalización en la escalabilidad de sistemas productivos regenerativos, agroecológicos y sintrópicos.
El proyecto se enmarca en la misión de investigación de la UOC sobre transformación digital y sostenibilidad y se vincula con los objetivos de desarrollo sostenible de la ONU 8, trabajo decente y crecimiento económico; 12, producción y consumo responsables, y 13, acción por el clima.