Alvear, tres siglos escribiendo historia del vino

Martes 13 de Febrero de 2018

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La historia del vino de Montilla no sería la misma sin esta bodega

La Monumental, la bodega más grande en tamaño de Montilla“La Monumental”, la bodega más grande en tamaño de Montilla

Alvear, fundada en 1729, es la bodega más antigua no solo de Montilla, sino de toda Andalucía. Casi tres siglos de historia contemplan a esta compañía familiar que también es la segunda bodega con más historia de España y su marca C.B., la quinta con más edad. Pero el paso del tiempo no ha modificado el carácter artesano y familiar de la empresa montillana, que ha ido creciendo con coherencia y sin perder de vista su filosofía. Ahora es la octava generación de la familia quien se encarga de preservar el conocimiento adquirido y los valores de la bodega, que, como en el pasado, tampoco descuida el futuro. Alvear sigue avanzando en la elaboración de vinos generosos de Montilla con visión de futuro, explorando las raíces y las particularidades del viñedo montillano con colaboraciones como las de Envínate, elaboradores del siglo XXI que contribuyen a dinamizar la visión clásica del vino en la región, aportando nuevas ideas y rescatando otras que jamás debieron olvidarse.

Son casi 300 años creyendo y apostando por los vinos de Montilla, sin dejar de elaborar en ningún momento, almacenando viejas soleras, verdaderas joyas enológicas españolas; y preservando el patrimonio de las bodegas, que guardan tesoros líquidos reposando en la tranquilidad de sus naves, algunos de ellos, con más de 200 años de vida; algunos de ellos, prefiloxéricos, pues si bien Montilla no conserva viña anterior a la plaga, sí han pervivido los vinos que se elaboraron antes de la invasión del insecto.

En la Montilla del siglo XVIII el cultivo de viña no era el más destacado (es una tierra poblada de olivares) y se contaba con apenas 400 hectáreas de viñedo, pero sí se practicaba una incipiente actividad vitícola y vinícola en lagares de la región, sobre todo, por los propios cosecheros. Fue Alvear pionera en vender vino no solo por arrobas, que se anotaban cuidadosamente a mano en los cuadernos de bodega de la familia, sino embotellado, a partir del último cuarto del siglo XIX, cuando, según el historiador Fernando Fuentes, se compró en la bodega la primera máquina de embotellado.

La importancia de Alvear en la historia del vino de Montilla

La historia del vino de Montilla no sería la misma sin Alvear, una bodega no solo representativa del valor del terruño y los vinos de esta tierra, sino un verdadero ejemplo de tesón y salvaguarda de valores empresariales y vitivinícolas. Varios han sido los personajes que han marcado hitos significativos de su trayectoria.

El Lagar de las Puentes con Montilla al fondoEl Lagar de las Puentes con Montilla al fondo

Hay que empezar por el fundador, Diego de Alvear y Escalera, de ascendencia riojana (los orígenes familiares se sitúan en Nájera), gentilhombre de Cámara del Marqués de Priego y Tesorero General de Rentas del Marquesado, que en 1729 puso en marcha la bodega en un entorno donde se practicaba, además del cultivo de vino, el del olivar y el cereal y donde el vino entonces lo elaboraban a pequeña escala los propios cosecheros.

Pero fue otro Diego de Alvear (Montilla, 1749), de segundo apellido Ponce de León, quien diera, después de una ajetreada vida -como también sus descendientes-, un empujón importante a la historia de la bodega cordobesa. Diego regresó a su tierra natal tras casi 32 años de ausencia, casado en 2ªs nupcias con una joven británica, Luisa Ward, que en Montilla sería conocida como “La inglesa” y daría a Diego otros siete hijos más. Junto al matrimonio regresó también su ayudante, Carlos Billanueva, que se incorporó a Alvear como capataz y en homenaje a él aún hoy uno de los vinos emblemáticos de la bodega, el Fino C.B., lleva sus iniciales, pues Billanueva marcaba con ellas las mejores botas.

Diego tomó las riendas de un negocio que se había mantenido en pie por la buena labor de su padre y su tío, y tras él, algunos de sus hijos, personas cultas y formadas que también contribuyeron al éxito comercial de los vinos de Alvear. Destacan Sabina y Candelaria Alvear Ward, dos mujeres adelantadas a su tiempo, que El Lagar de las Puentes con Montilla al fondo se dedicaron a viajar a mercados potenciales y empaparse del gusto y costumbres de los clientes, facilitando así las relaciones mercantiles con estos países. Sabina fue también quien vislumbró el potencial de la Pedro Ximénez para elaborar vinos de calidad y empezó a pagar más a los agricultores por esta variedad, provocando en parte que aumentara la superficie plantada con Pedro Ximénez, hoy esencial en el viñedo montillano.

Otro de los nombres imprescindibles es Francisco de Alvear y Gómez de la Cortina (1869-1959), séptimo Conde de la Cortina, quien incorporó como capataz al jerezano Juan Rodríguez (aún pervive su retrato en una de las naves de la bodega), un hombre que cambió la forma de trabajo en Alvear, pues de su tierra natal importó el sistema de criaderas y soleras para criar el vino montillano, aunque Alvear sigue conservando botas donde envejecen vinos de forma estática, sus célebres finos y PX de añada.

La historia de Alvear, la cuarta empresa registrada más antigua de España, la segunda bodega en antigüedad del país y la más longeva de Andalucía, sigue escribiéndose con la tinta de la octava generación, que vela por mantener ese inigualable patrimonio vinícola, de soleras centenarias, sin descuidar la vista en el futuro y redescubrir el inmenso potencial y encanto de los vinos de Pedro Ximénez elaborados en el marco montillano.

El viñedo, una joya de cal y piel fina

El viñedo que posee Alvear, y el que controla mediante acuerdos de largo plazo con viticultores de la zona, es su principal patrimonio, el secreto a voces que da lugar a sus excepcionales vinos y con el que la bodega salvaguarda la calidad en cada cosecha.

La peculiaridad del suelo de albariza similar a los que se dan en algunas zonas vitícolas prestigiosas en el mundo, como la ChampagneLa peculiaridad del suelo de albariza similar a los que se dan en algunas zonas vitícolas prestigiosas en el mundo, como la Champagne

La mayor parte del viñedo de Alvear se encuentra en la mejor zona de la región, conocida como la Sierra de Montilla, muy cerca de la localidad y lindando con los municipios de Lucena y Cabra, en el sur de la provincia. En esta zona, con menos de 2.000 hectáreas de viñedo, más de 1.000 son calificadas por el Consejo Regulador de la Denominación de Origen Montilla-Moriles como Calidad Superior, esto es, el grandcru del viñedo montillano. En ella se encuentran los mejores pagos vitícolas de Montilla, el Pago de Benavente y el Pago de Riofrío, y es donde la familia Alvear posee sus propios viñedos y donde otros pertenecen a viticultores que desde hace generaciones le entregan su uva a Alvear, tutelándole todas las labores agrícolas.

En este paraje, Alvear empezó a elaborar desde principios del siglo XIX, en el Lagar de la Inglesa, en el pago de Riofrío, por lo que las uvas utilizadas en todas sus soleras de vinos generosos, finos viejos y amontillados, provienen desde entonces de esos pagos. Hoy el lagar principal está instalado en la finca Las Puentes, también en el mismo paraje.

En el Pago de Benavente, Alvear cuenta con la parcela Casilla del Hospital de 33 has, una parcela de suelos calcáreos y de varias orientaciones. Las cepas, de Pedro Ximénez, se plantaron hace 30 años, y los vinos que se obtienen son de la finura necesaria para sus mejores vinos y finos.

En el Pago de Riofrío, el de mayor altura, merecen ser destacadas: La Viña de Antoñín, El Garrotal y las de Cerro Macho y Cerro Franco, situadas de 525 a 610 metros. Todas viñas viejas de Pedro Ximénez y algo de vidueño.

Lo que hace especial al viñedo de ambos pagos son los suelos de albariza, un material capaz de retener el agua en una zona donde llueve entre 550 y 600 litros por año, salvo en algunos pagos, y su poder drenante, que impide que se acumulen agua y sales en exceso. Suelos pobres con un componente alto de cal, similares a los que se dan en otras zonas vitícolas prestigiosas del mundo.

Sobre esta tierra, con un clima continental donde los veranos son duros por el intenso calor, no puede sobrevivir cualquier variedad. Desde hace siglos los Alvear apostaron por la Pedro Ximénez, la uva que, se ha visto a lo largo de los años, se ha convertido en el mejor patrimonio de Montilla. Según cuenta la leyenda, es una variedad originaria del Rhin traída por un soldado de Carlos V, aunque hay versiones más probables que sitúan su origen en las Islas Canarias.

Viniera de donde viniera, la Pedro Ximénez se ha revelado idónea para adaptarse al suelo y el clima de Montilla, a sobrevivir allí donde otras habrían fracasado. Su piel fina hace de ella una variedad muy permeable al agua, y también capaz de perder esa hidratación con facilidad, un equilibrio perfecto si se cultiva en una zona de clima cálido como la Sierra de Montilla. Al mismo tiempo, la Pedro Ximénez es sensible a enfermedades de la piel, pero es magnífica para el asoleo, como materia prima de vinos dulces como los que se elaboran en la región. Puede que fuera alemana, pero es en Montilla donde alcanza la grandeza a través de sus vinos.

La Pedro Ximénez llegó a Andalucía antes de que en Montilla existiera bodega alguna, en torno al siglo XVI, pero fue Sabina de Alvear quien apostó por ella, dándole más valor y pagando mejores precios por ella que por el resto de variedades de la zona. Hoy la PX, con su piel fina, sobre suelos calizos y con un alto contenido en azúcar en la pulpa, es la mejor embajadora de los vinos de Alvear, desde los magníficos finos a los dulces de solera, pasando por los interesantísimos amontillados, palos cortados o creams.

Maestría en los finos de terroir

Vinos puros, así podríamos definir los finos y amontillados de Alvear, elaborados con la variedad reina, la Pedro Ximénez. Unos vinos cuya conexión con el terreno, con las viñas de las que procede su uva, se muestra sin distorsiones, sin maquillajes.

La elaboración de finos y amontillados en Alvear y en el marco de Montilla-Moriles es particular y dota a los vinos de un carácter propio, ligado a la tierra y al suelo. La Pedro Ximénez alcanza aquí una graduación natural cercana a los 15 grados de alcohol necesarios para elaborar finos y amontillados sin necesidad de encabezar, lo que significa que no precisan, como en otras zonas, de alcoholes vínicos añadidos para poder desarrollar su particular velo de flor. El velo está provocado por la proliferación de la Saccharomycescordubensis, autóctona de la región, y se desarrolla de forma natural y en un entorno amigable, el de un mosto puro que no ha sufrido encabezado antes de la fermentación alcohólica y que, naturalmente, alcanza una graduación ideal para que la levadura pueda sobrevivir y alimentarse. Es en esas criaderas, rellenas hasta sus cuatro quintas partes de capacidad, donde se produce el milagro de la flor, y comienza, en la oscuridad y el silencio de la bodega con suelo de albero, el mágico reposo. El paso del tiempo y el sistema de crianza mediante criaderas y soleras mantendrá con vida la flor, que se alimenta de los nutrientes del vino, y obrará el milagro de convertir al vino en un fino natural, puro, con multitud de matices aromáticos (almendra, pan, tonos tostados), tremendamente seco, punzante, sabroso único. Alvear explora el universo del fino montillano con varios de sus vinos, desde el emblemático C.B., una de las banderas de la casa, hasta el excepcional Capataz, el fino más viejo de la bodega, o el insólito Criadera /A, una joya que cabalga entre el fino y el amontillado.

Estos, los amontillados de Alvear, son otra de las muestras de los generosos de terroir, sin maquillajes ni aderezos, que expresan en voz alta el lugar de donde vienen y cuentan en cada trago el paso del tiempo. Cuando la flor llega al final de sus días, muere y comienza la crianza oxidativa, el efecto del oxígeno sobre el vino añade nuevos matices, abre nuevos abanicos de aromas y sabores. Aquí entramos en el terreno de los frutos secos ligeramente tostados (almendra, avellana) que se conjugan con notas punzantes y que recuerdan a su pasado bajo el velo de flor, y una boca amplia, generosa, intensa, seca y sabrosa.

3 MIRADAS, Alvear& Envínate

Alvear y Envínate han unido fuerzas y pasión por el vino para buscar (y encontrar) la manera de que el a veces desconocido viñedo de Montilla exprese al máximo su potencial, de devolverle al terreno la importancia que debe tener en toda labor vitivinícola.

Envínate

Si en el sur es habitual que la atención esté centrada en el trabajo de bodega, Envínate reclama el viñedo montillano de Calidad Superior, y emprende labores investigadoras para esclarecer la importancia del suelo a la hora de marcar el carácter de las viñas y los vinos que de ellas se elaboren.

Familia Alvear

Es esta una sinergia que dará a luz vinos singulares, la colección 3Miradas, tres perspectivas, donde las parcelas, los suelos y las altitudes toman protagonismo, donde los matices, más que nunca, importan.

Una gama que comienza a partir de la viticultura, mostrando la personalidad única de cada parcela y su comportamiento según la elaboración llevada a cabo. Las elaboraciones, con y sin pieles, han reposado siempre en tinajas de hormigón en el Lagar de Las Puentes, bajo velo de flor, durante ocho meses. La primera mirada es un vino de aldea, del municipio de Montilla y su sierra, fruto de la mezcla de las diferentes parcelas que se han vinificado buscando el equilibrio que aporta el conjunto. La segunda mirada es la colección limitada que sale al mercado en caja de seis botellas, tres pagos elegidos entre los escogidos inicialmente, que en 2016 fueron La Viña Antoñín, Cerro Macho y El Garrotal. Para disfrutar de la tercera mirada habrá que esperar aún, puesto que son elaboraciones en bota durante un tiempo todavía no definido.

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