La guerra comercial con Estados Unidos parte en dos al vino canadiense de Niágara

El auge del consumo interno sostiene a algunas bodegas, con otras al borde del cierre por el frenazo turístico

viernes 16 de octubre de 2026

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La guerra comercial con Estados Unidos parte en dos al vino canadiense de Niágara

La vendimia ya está en marcha en la región de Niágara, en Ontario, y deja una imagen partida del negocio del vino en Canadá. La misma guerra comercial entre Canadá y Estados Unidos que ha cerrado parte del acceso al mercado estadounidense está dando aire a algunas bodegas gracias al consumo interno, pero pone a otras al borde del cierre por su dependencia del turismo y de las compras transfronterizas.

El sector llega a uno de los periodos con más peso del año después de meses de aranceles, medidas de respuesta por parte de ambos países y, más recientemente, una prohibición casi total de las importaciones de vino canadiense en Estados Unidos. Ese cambio ha obligado a productores y bodegas a rehacer sus planes comerciales en plena campaña de recogida de uva.

Kevin Watson, presidente de Grape Growers of Ontario y viticultor en Niagara-on-the-Lake, sostiene que la respuesta del consumidor canadiense ha cambiado el equilibrio del mercado. “En los dos últimos años hemos visto cómo la demanda de nuestro producto se ha disparado”, afirma. A su juicio, los compradores nacionales han absorbido una parte de la producción que en otras campañas habría ido a la exportación.

Watson pone cifras a ese giro. Hace tres años, el sector acumulaba un excedente de unas 5.000 toneladas métricas de uva. En los dos últimos años, en cambio, ha faltado materia prima. Esa escasez ha dado más fuerza a los vendedores, explica, y refleja hasta qué punto el consumo interno ha sostenido la actividad en parte de la industria.

En Pelham Family Estate Winery, otra bodega de la zona, su propietario, Paul Speck, vincula ese mejor tono del mercado a dos factores: el apoyo de los consumidores canadienses y una cosecha sana. “La cosecha está entrando bien, así que tengo mucha confianza en los próximos dos años”, afirma. Speck añade que también está recibiendo señales de algunos clientes de otros países. Según relata, compradores de Bélgica y Dinamarca les están trasladando que parte de sus clientes están sustituyendo vinos de Estados Unidos por vinos canadienses.

Ese desplazamiento del consumo importa más allá de una sola región. Cuando un mercado nacional absorbe vino que antes salía al exterior, cambian las necesidades de uva, la planificación de existencias y los canales de venta. Para el sector de bebidas, ese movimiento puede alterar desde las compras de materia prima hasta el peso de la distribución local, y también puede servir de referencia para otras empresas que dependen del comercio entre países o del gasto turístico.

Pero la mejora no alcanza a todos. John Kocsis, propietario de Atlantis Niagara Wines junto a su esposa, describe una situación muy distinta. Su empresa, activa en Niágara desde 2018, basa buena parte de su negocio en experiencias para visitantes y en productos de alta gama, como el vino de hielo. Tras el golpe de la pandemia, las ventas empezaban a recuperarse en 2024, pero Kocsis asegura que esa mejora se rompió con los aranceles y las restricciones comerciales introducidas en 2025.

“A principios de 2025 llegaron los aranceles, y eso fue otro golpe”, resume. Kocsis explica que su modelo depende en gran medida de los turistas que visitan la región y compran vino para llevarse a casa. Con la incertidumbre sobre las ventas transfronterizas y las compras ligadas a los viajes, cree que su negocio puede no sobrevivir. “Básicamente, nos están empujando fuera del negocio”, afirma.

El empresario añade que apenas ve margen para cambiar de rumbo después de años de inversión. “Tenemos todo lo que tenemos metido en esto. El daño que se ha hecho está ya muy metido en el negocio”, señala. Sus palabras reflejan el problema de muchas bodegas pequeñas: cuando la empresa depende de visitas, venta directa y un público muy concreto, adaptarse a un mercado distinto exige tiempo, dinero y una red comercial que no siempre existe.

Watson reconoce esa dificultad, sobre todo entre los operadores de menor tamaño. Cambiar el modelo de negocio en el vino no es sencillo, sostiene, porque la producción, la relación con los distribuidores y la inversión en instalaciones se planifican a varios años. Por eso, una parte del sector está aprovechando el tirón del consumo canadiense mientras otra sufre para mantener abiertas sus puertas.

Pese a esa división, los viñedos de Niágara siguen centrados en sacar adelante la campaña de este año. Los productores indican que las condiciones de la vendimia han sido, en general, favorables y que la recogida de uva continuará durante el otoño. La cosecha de 2026 seguirá hasta noviembre, con la esperanza de que las bodegas que mejor han encajado el nuevo mapa comercial puedan mantener el pulso mientras otras siguen pendientes de un mercado que ha cambiado de forma brusca.

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