Lunes 01 de Junio de 2026
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Coches autónomos y robots ya se prueban en el campo para vigilar cultivos, detectar plagas y ayudar en la recogida de fruta. Son prototipos desarrollados por el Centro de Automática y Robótica (CAR), un centro mixto del CSIC y la Universidad Politécnica de Madrid, que trabaja en proyectos de inteligencia artificial y robótica aplicados a la agricultura.
La investigación parte de una idea sencilla: usar máquinas para tareas repetitivas o físicas y dejar al agricultor las labores que requieren criterio, experiencia y decisión. Según explica a EFE la investigadora principal del Grupo de Percepción Artificial del CAR, Ángela Ribeiro, estos sistemas pueden revisar una explotación, localizar fallos de riego, detectar plagas y aplicar tratamientos muy concretos solo donde hacen falta.
España cuenta con más de 23 millones de hectáreas de superficie agraria útil, casi la mitad del territorio nacional. Es uno de los grandes productores agroalimentarios de la Unión Europea y el segundo país exportador de Europa. Dentro de ese mapa agrícola conviven explotaciones familiares de secano con otras más tecnificadas, como invernaderos, cultivos de frutas, hortalizas y viñedos.
Ribeiro señala que buena parte de esas explotaciones ya trabaja con un nivel alto de tecnología, pero que el cambio climático está alterando las condiciones del campo. La sequía, la desertificación y las plagas obligan a buscar herramientas nuevas para vigilar mejor los cultivos y reaccionar antes ante cualquier incidencia.
Uno de los prototipos del CAR es un coche autónomo desarrollado a partir de un Renault Twizy. El vehículo lleva sensores y un GPS de alta precisión. Recorre una ruta planificada con antelación y toma imágenes georreferenciadas que luego se analizan en el propio ordenador del coche o se envían a la nube mediante telefonía móvil.
Con ese sistema, el vehículo puede señalar zonas donde hay un problema de riego o una plaga. También permite adaptar la vigilancia a la época del año, al tiempo o a amenazas concretas detectadas por los algoritmos. El objetivo es que el agricultor reciba información precisa sobre el punto exacto donde debe actuar.
El coche ya ha sido probado en campo y está preparado para sortear obstáculos. El CAR calcula que su precio puede rondar los 15.000 euros, según los sensores instalados. Ribeiro afirma que se trata de una cifra asumible para una herramienta que permite vigilar toda una explotación agrícola con un nivel alto de especialización.
El centro trabaja también en un robot pensado para acompañar al operario durante la vendimia o la recogida de fruta. Su función principal es transportar la caja donde se deposita el producto cosechado. De ese modo reduce el esfuerzo físico del trabajador y le permite centrarse en la selección manual.
La investigadora explica que este tipo de robot no sustituye al personal humano. Su papel es aliviar tareas pesadas y hacer más llevadero el trabajo en campañas largas. En la recogida selectiva siguen siendo necesarias capacidades que las máquinas no resuelven bien en todos los casos, como valorar el grado de maduración por color, aroma y manipulación cuidadosa del fruto.
El coste de estos robots oscila entre 15.000 y 30.000 euros por unidad. A eso se suma que haría falta disponer de varias máquinas para cubrir una explotación completa, algo que por ahora complica su rentabilidad. Ribeiro plantea como posible salida una filial del CSIC que alquile flotas de robots a los agricultores, igual que ocurre con otras máquinas agrícolas.
En los próximos años, el CAR quiere mejorar la fiabilidad de estos sistemas en entornos reales. En el caso de los robots para vendimia, el equipo busca que puedan trabajar sobre terrenos irregulares, con cambios constantes de luz y clima, y con vegetación que dificulta la percepción y la navegación autónoma.
También estudian cómo hacer más segura y eficaz la interacción entre robots y personas durante la recolección. En el caso del Twizy autónomo, uno de los puntos pendientes es lograr una navegación sólida en caminos agrícolas donde muchas veces faltan referencias claras, GPS fiable o mapas precisos.
El grupo trabaja además en sistemas capaces de reconocer bien el estado de los cultivos, las distintas plagas y las variaciones ambientales entre explotaciones. La meta es que estas herramientas puedan adaptarse a usos reales en agricultura intensiva y extensiva sin perder precisión cuando cambian las condiciones del terreno o del tiempo.
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