El vino sin alcohol sigue lejos de compensar la caída del mercado alemán
Su cuota apenas llega al 2% de la facturación total del vino en Alemania
martes 20 de octubre de 2026

El mercado alemán del vino sin alcohol gana espacio, pero su peso sigue siendo reducido frente al retroceso del vino tradicional. La tendencia se enmarca en una caída más amplia del consumo: en 2025 se bebió en el mundo la menor cantidad de vino desde 1957, según datos de la Organización Internacional de la Viña y el Vino, la OIV.
La OIV atribuye ese descenso a varios factores. Entre ellos figuran la mala situación económica, el envejecimiento de la población y, sobre todo, un mayor recelo ante el alcohol. En ese escenario, muchas bodegas y empresas elaboradoras llevan años ampliando su oferta de vinos y espumosos sin alcohol.
En los vinos sin alcohol, el proceso parte de un vino ya elaborado al que después se le retira el alcohol. Lo habitual es hacerlo mediante destilación al vacío, es decir, calentándolo a baja presión. Esa técnica permite que el alcohol se evapore en torno a 30 grados, lo que ayuda a conservar los aromas más delicados. Aun así, el resultado no sabe igual que el vino de origen. El alcohol actúa como vehículo del sabor y también influye en la sensación en boca, de modo que la comparación directa con un vino convencional suele jugar en contra de estas referencias.
Pese a ello, su objetivo no es sustituir botella por botella al vino tradicional, sino ofrecer una opción a consumidores que ya no quieren o no pueden beber alcohol. Ese grupo es mayor que hace unos años y ha abierto un hueco comercial, aunque todavía pequeño. En Alemania, los vinos sin alcohol representan el 2% de la facturación total del mercado del vino. En el caso de los espumosos, la cuota llega al 7%.
El avance de esta categoría no evita las reservas que sigue generando en parte del sector. La desalcoholización exige mucha energía y eleva el coste de producción. Además, hay viticultores y bodegueros que no ven con buenos ojos modificar después un vino que ya consideran terminado. A esa discusión se suma la presión que sufre la rama alemana del vino por la menor ingesta de alcohol y por los aranceles de Estados Unidos.
En paralelo ha aparecido otra familia de bebidas: los llamados vinos proxy. No se trata de una categoría legal, sino de un término amplio para bebidas pensadas para momentos en los que normalmente se serviría vino o espumoso. La diferencia principal es que nacen sin alcohol desde el principio, por lo que no necesitan una fase posterior de desalcoholización.
Bajo esa etiqueta caben propuestas muy distintas. Pueden llevar zumos de fruta o de verduras, extractos de hierbas, té fermentado, café, hojas de vid y gas carbónico, o prescindir de él. Esa variedad hace difícil hablar de un perfil común de sabor. También influye en el precio: la mayoría de estas botellas se mueve entre 10 y 20 euros, mientras que el precio medio que pagan los consumidores alemanes por una botella de vino convencional se sitúa entre 3 y 4 euros.
Esa distancia explica por qué los proxies no apuntan, al menos por ahora, a un consumo masivo. Su espacio parece estar más cerca de la restauración de gama alta. En ese canal, muchos establecimientos buscan alternativas sin alcohol para clientes que no quieren limitarse al agua o a bebidas sencillas. Para algunas bodegas y elaboradores, esa demanda puede abrir una vía rentable en un momento de cambio de hábitos.
El movimiento también puede empujar a productores, distribuidores y restaurantes a diversificar su oferta de bebidas. Sin embargo, el tamaño actual de los vinos desalcoholizados y de los proxies sigue siendo insuficiente para compensar por sí solo la caída de la demanda del vino tradicional en Alemania.