Martes 30 de Junio de 2026
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La segunda jornada de Discover-Eat, el Congreso Internacional de Turismo Gastronómico no Urbano, se celebró este martes, 30 de junio, en Bodegas Río Negro, en Cogolludo (Guadalajara), con una idea repetida por varios participantes: la gastronomía puede ser una vía directa para conectar al visitante con el territorio y reforzar la economía rural. El encuentro, organizado por Vocento Gastronomía y promovido por el Gobierno de Castilla-La Mancha, reunió experiencias de España y otros países europeos centradas en productos locales, hospitalidad, restauración tradicional y nuevas actividades vinculadas al paisaje y al cielo nocturno.
Uno de los casos expuestos fue el de Natasha Nedanoska, cocinera, agricultora y propietaria del agroturismo Pirustija Nedanoski, en Ramne, Macedonia del Norte. Nedanoska, profesora de lengua antes de dedicarse al turismo rural, explicó que su propuesta parte de una hospitalidad cotidiana y de una relación directa con la cocina y la producción de alimentos. “No hacemos más que lo que hacían nuestros abuelos cuando tenían huéspedes: los acogemos, les damos de comer, les hacemos sentir uno de los nuestros”, afirmó.
En su finca, los visitantes no solo prueban productos y platos macedonios. También pueden asistir a clases de cocina, recoger hortalizas del huerto, hacer queso o recoger huevos en el corral. La filosofía del proyecto, según relató su propietaria, es el autoabastecimiento. La experiencia se plantea como una inmersión completa en la vida rural y en la cultura alimentaria local.
Desde Macedonia del Norte, el congreso pasó a Portugal con el proyecto Tabernas do Alto Tâmega, iniciado en 2004 en la región de Trás-os-Montes. El chef Vítor Adão, del restaurante Plano de Lisboa, y la experta en desarrollo rural y comunicación Teresa Vivas presentaron esta red de restaurantes rústicos y familiares que trabajan con producto 100% local y de temporada.
Vivas explicó que la iniciativa nació para “revitalizar esas casas que iban decayendo” y evitar la pérdida de un patrimonio gastronómico y cultural. La recuperación de estas tabernas, añadió, ha servido también para apoyar la producción de razas autóctonas como el cerdo bísaro o la cabra serrana trasmontana. Adão señaló que el proyecto ha favorecido la llegada de una nueva generación de restauradores y cocineros que colaboran con los productores y han entendido el territorio como base de su trabajo. Para Vivas, esa evolución permite afirmar que “el futuro de la gastronomía y la producción local de esta zona, gracias a este proyecto, está ahora garantizado”.
La idea de colaboración entre profesionales del mismo territorio apareció también en la intervención de Marta Iglesias, creadora de contenido y directora del proyecto Un lugar en la Ribera, en La Aguilera, Burgos. Su iniciativa propone experiencias de enoturismo y gastronomía a través de comidas en grupo con cocineros y viticultores de la zona. Iglesias explicó que el objetivo es “crear sinergias entre el talento de la zona” y hacer que quienes llegan desde fuera puedan “vivir la Ribera con nosotros”.
La responsable del proyecto señaló además que la única vía de comunicación de esta propuesta son las redes sociales. A su juicio, estas experiencias no solo sirven para mostrar productos autóctonos al visitante, sino también para que los propios habitantes del territorio tomen conciencia del valor de lo que consideran cotidiano. “Lo que para nosotros es el día a día es algo especial, único, que nos diferencia”, sostuvo.
El congreso abordó también el papel de algunos productos como elemento de atracción por sí mismos. Uno de los ejemplos fue el whisky en Islay, una isla del oeste de Escocia con numerosas destilerías. Florence Grey y Ben Shakespeare, presidenta y miembro del comité organizador del festival Fèis Ìle, explicaron cómo esta cita ha extendido su efecto más allá de la industria destilera.
Shakespeare resumió esa función con una idea clara: “El whisky es el imán que atrae al visitante, que una vez en la isla tiene la posibilidad de descubrir todo lo que tenemos que ofrecer”. Grey recordó que el festival nació hace 40 años con la intención de enseñar a los visitantes la cultura de la isla, sus playas y su marisco, y que fueron las destilerías las que vieron en él una oportunidad para promocionar su producto.
Según expusieron ambos, el festival tiene ya completas todas las reservas para la próxima edición y genera actividad económica en varios sectores de la isla. La programación incluye actos relacionados con el whisky, pero también propuestas gastronómicas y culturales. Grey resumió que el hilo conductor del festival es el whisky, aunque en realidad habla de la comunidad y de la cultura de las personas de la isla de Ìle.
Otro de los productos analizados fue el queso, en una mesa redonda con productores de distintos puntos de España. Participaron Jesús ‘Suso’ Mazaira, socio y cofundador de Airas Moniz, en Chantada, Lugo; Juan Ocaña Mateo, ganadero en Crestellina, Casares, Málaga; José María Alonso Ruiz, presidente de QueRed y propietario de la quesería Quesoba, en Sangas, Cantabria; y Luis de la Vega Yrisarry, director de ventas de Quesería Finca Valdivieso, en Alcázar de San Juan, Ciudad Real. La conversación estuvo moderada por el director del congreso, Benjamín Lana.
Los participantes defendieron la necesidad de recuperar técnicas de pastoreo que permitan elaborar productos de calidad y convertirlos también en motivo de visita. Juan Ocaña Mateo reclamó una mayor conciencia por parte del consumidor y subrayó que “es importante explicarle el producto para que lo valore, así como el trabajo del campo”. A su juicio, sin ese reconocimiento, muchos oficios y elaboraciones artesanas corren el riesgo de desaparecer.
Varios de los productores explicaron que han optado por abrir sus instalaciones a los clientes para acercarles el proceso de elaboración y el trabajo diario. En esa línea, coincidieron en que se percibe un cambio en la valoración de estos productos. “Estamos en un momento muy dulce”, afirmó Suso Mazaira. La idea compartida por todos fue que la conservación del patrimonio alimentario no depende solo de quien produce, sino también de quien compra y visita. “Todos somos responsables de preservar el patrimonio, locales y visitantes, productores y consumidores”, señalaron.
La última parte de la jornada se centró en la necesidad de ampliar actividades incluso en negocios ya consolidados para mantener el atractivo de los destinos rurales. En esa conversación participaron Blanca Moreno, copropietaria y directora del hotel Molino de Alcuneza, en Alcuneza, Guadalajara; Juan Jesús Valdelana, CEO de Bodegas Valdelana, en Elciego, Álava; y Susana Malón, física especializada en contaminación lumínica y calidad del cielo nocturno.
Moreno explicó que el hotel ha convertido la observación de estrellas en uno de sus principales activos. “Nuestro cielo también es nuestro patrimonio”, afirmó. Según relató, esta propuesta ha pasado de ser una actividad complementaria a convertirse en un argumento de reserva. Para ello, el establecimiento ha adaptado su iluminación con luces más suaves, más cálidas y orientadas hacia abajo, una medida que, en su opinión, mejora la experiencia del visitante y refuerza la relación con el entorno.
Susana Malón advirtió de los efectos de la contaminación lumínica y recordó que, aunque no genera alertas instintivas, afecta al ritmo circadiano humano y a los ciclos vitales de otros seres vivos. Su intervención situó la calidad del cielo nocturno no solo como un recurso turístico, sino también como una cuestión ligada al bienestar y a la conservación del medio.
En el caso de Bodegas Valdelana, Juan Jesús Valdelana explicó la apuesta por los “maridajes estelares”, una actividad que se organiza en julio y agosto y que propone conocer la historia de las estrellas a través de un relato acompañado por un vino y una canción. La fórmula busca ampliar la oferta habitual de la bodega con una experiencia nocturna vinculada al paisaje y a la observación del firmamento.
La jornada dejó así una secuencia de ejemplos en los que la gastronomía aparece unida a la identidad local, a la recuperación de oficios, a la cooperación entre productores y restauradores y a nuevas propuestas capaces de ampliar la estancia del visitante. En Cogolludo, el mensaje compartido por los participantes fue que el medio rural puede construir su atractivo a partir de lo propio, desde una mesa tradicional o una quesería hasta una destilería o un cielo oscuro apto para mirar las estrellas.
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