El brindis de Edmundo Dantés o el vino muerto y resucitado

Escrito por Luis Pablo GarridoLuis Pablo Garrido

Miércoles 16 de Octubre de 2019

Leído › 2027 Veces

Sinceramente, nadie debería creer que la gastronomía española es ahora mejor que antes. No cabe sorprenderse de que nuestros aceites ganen ahora en medallas lo que en calidad siempre igualaron, como poco, a los italianos.

Ni que decir tiene que nuestros quesos, con todas sus actuales denominaciones de origen, podrían competir en la misma liga que los franceses los 365 días del año y de vinos ya casi que ni hablamos...

Gracias al buen hacer de enormes cocineros, porque es más bonito hablar de cocineros que de chefs, la gastronomía española existe en el mundo, ocupa el lugar que se merece y arrastra con su fama, (ay la fama,algo tan vacío de contenido como los bolsillos de muchos a final de mes), y con su éxito (por ese sí que merece la pena trabajar) a nuestros productos. Y entre ellos ocupa un lugar fundamental el vino.

Y vinos de todos los rincones de nuestra geografía. No solo son conocidos los tintos de Rioja o los Ribera del Duero, exportamos Jérez, Ribeiro, Alvariño, Jumilla, cavas, finos txacolí...

Y es que en el momento actual, hemos conseguido exportar, no ya lo que hacemos bien -que lo hacemos-, sino la idea de que hacemos bien las cosas. Durante mucho tiempo vivimos con un cierto complejo de inferioridad ante otros países y sin embargo no siempre fue así.

Porque que hace siglos inundábamos el mundo de un vino excepcional elaborado en una zona tal vez más conocida por sus turrones que por sus caldos, Alicante. Y ese vino es el Fondillón.

Incluso allá por los años ochenta del pasado siglo fue creada por un grupo de entusiastas, una asociación llamada la Cofradía El cau del vi (la bodega, la cava, la cueva del vino) para honrar, entre otros, a este excepcional vino, darlo a conocer en su renacimiento y, claro que sí, beberlo tantas veces como la ocasión lo permitiera.

Es el Fondillón un vino dulce, rancio y poderoso que se elabora a partir de las uvas prácticamente  pasificadas en la misma vid. Los campesinos seguían teniendo derecho a la explotación de los terrenos alquilados mientras quedaran viñas productivas de las que en su día se plantaran, así que recogían, acabada la vendimia anual, ya en familia, los frutos de esas viñas casi agotadas que no arrancaban para así conservar sus derechos.

Esto lo convertía y convierte, porque se fabrica usando el mismo procedimiento en la actualidad, en un vino resistente que no se estropeaba en los largos viajes de ultramar. Fue el primer vino en dar la vuelta al mundo puesto que acompañó a Fernando de Magallanes en su viaje.

Dicen que era conocido hasta en Japón y queda por escrito como el Conde de Montecristo, en la obra de Dumas, escogió el Fondillón cuando en un pasaje de la novela se le da a elegir entre un Jerez, un Oporto y un vino de Alicante. Y Luis XIV de Francia, "el "Rey Sol" pidió en su lecho de muerte unos bizcochos regados con Fondillón.

El vino técnicamente desapareció desde principios del siglo XX hasta que en la década de los cincuenta se encontró una barrica llena en Castalla (población cercana a la la capital alicantina) y a partir de la madre de ese tonel, se inicia la resurrección del Fondillón, un bonito pareado para una no menos bonita historia.

Cuentan que la Armada española, hace más de cinco siglos, gastaba más en Fondillón que en armamento. Tal vez esa fuera la causa de que, al final, no resultáramos tan invencibles como alardeábamos, aunque es casi seguro que disfrutamos más de la vida que otros perdedores.

Un artículo de Luis Pablo Garrido

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