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Una joya enológica en el corazón de las tierras de León

Carmen Fernández

Miércoles 28 de Noviembre de 2018

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Cumal 2016 de Dominio Dostares sitúa a los vinos monovarietales de Prieto Picudo entre los vinos de gran valor añadido, nacidos para envejecer y mejorar con una larga guarda

Cultivada únicamente en territorios de León y excepcionalmente en Zamora, con rendimientos muy bajos y sensibles al ataque de los hongos, a finales del siglo pasado la Prieto Picudo parecía una variedad de uva condenada a la extinción. Sin embargo, como en el caso de los galos de Asterix, los reductos se hacen fuertes y algunos bodegueros decidieron impulsar la recuperación y puesta en valor de las variedades autóctonas. Dominio de Tares fue una de ella y por ello nació en 2004 la Bodega Dominio Dos Tares, que forma tándem con Dominio de Tares con quien comparte la premisa común de  mostrar al mundo las variedades autóctonas de la zona noroeste de España y recuperar las variedades autóctonas que hacen diferentes y únicos los vinos producidos en esas tierras, bien sean las viñas viejas de Mencía y Godello en El Bierzo o las Prieto Picudo en León.

Situada en el centro neurálgico del territorio de la Prieto Picudo, en Pajares de Los Oteros (León), desde su nacimiento Dominio dos Tares ha ido agrupando microparcelas en manos de particulares con el objetivo de recuperar en el Bierzo un patrimonio vitivinícola de un valor incalculable. Gracias a estos trabajos la bodega posee actualmente 12 hectáreas situadas a 850 metros de altitud. Allí encontramos la memoria viva de la Prieto Picudo, cuyo nombre hace referencia a la forma característica de su racimo, apretado y con bayas ovaladas. Cepas de entre 80 y 110 años aproximadamente - no se conservan registros escritos de plantación, al ser terrenos en manos de familias- componen esta pequeña joya enológica en manos de Dominio dos Tares.

Lo que más llama la atención de estas parcelas es, sin lugar a dudas, su porte rastrero, lo que hace necesario emplear en ellas los métodos de cultivo y poda tradicionales, absolutamente manuales. "Es casi una viticultura heroica", explica el enólogo Rafa Somonte, ya que "la cabeza está semienterrada y de ella salen los denominados rastrones, de los que nacen los sarmientos", por lo que la totalidad de la planta se encuentra prácticamente a ras de tierra. Esta peculariedad, unida a la pobreza de los suelos leoneses, hace que estas cepas centenarias tengan una producción muy escasa, apenas 1200 o 1300 plantas por hectárea, con una producción de menos de un kilo de uvas por cepa. "Los rendimientos son tan bajos que hace falta cepa y media para completar una botella", nos explica el enólogo.

LA HISTORIA DEL VIÑEDO LEONÉS EN UN VINO DE GUARDA

La dificultad del cuidado y vendimiado y los costes que de ello se derivan, hace que la producción de estas cepas se destine directamente a un vino de un mayor valor añadido, como el caso de Cumal, una joya en botella. Un monovarietal fermentado con su propia levadura natural que, tras una permanencia de 9 a 12 meses en barricas de roble francés, ha completado su afinamiento con 12 meses de crianza en botella antes de salir al mercado. Un vino que muestra la esencia de esta variedad, única y diferente, caracterizada por sus notas afrutadas, con una acidez notable y una gran carga tánica, que le garantiza un buen envejecimiento y una excelente evolución en botella.

Para Rafael Somonte, Cumal es una singularidad enológica que, además, "representa la historia del viñedo de León, de los últimos 100 años", gracias al trabajo de recuperación de este viñedo centenario. Una elaboración de la ahora se comercializa la añada 2016 y de la que únicamente se producen entre 8500 y 10.000 botellas, aquellas que dan estos viñedos excepcionales. Y que no podrán ser más, ya que el resto de los viñedos que tiene la bodega son nuevas plantaciones de en torno a 15 años que se emplean para otras elaboraciones. De hecho, estas nuevas plantaciones ya se hacen en espaldera, lo que permite mayor circulación del aire, algo muy beneficioso en la lucha contra las plagas, además de permitir la mecanización de algunas de las tareas de cultivo.

DE CLARETES A ROSADOS

Con la producción de estas nuevas plantaciones se elabora Estay y Tombú, este último un rosado con el que Dominio Dostares rinde homenaje a los ancestrales claretes, propios de la tradición vitivinícola leonesa. Una elaboración a la que tradicionalmente se destinaba la Prieto Picudo, siguiendo los gustos de hace medio siglo y aprovechado que la Prieto Picudo es una variedad con poco mosto, por lo que en proporción la piel da mucho color, con lo que un simple prensado les permitirá conseguir el color adecuado para el clarete tradicional. "Nuestros abuelos empleaban el tradicional sistema de madreo, introduciendo racimos enteros en los tanques en los que ya estaba haciendo la fermentación. Con ello conseguían una semimaceración carbónica a través de esos granos de uva que no se rompen, en cuyo interior se producían una serie de transformaciones, que les permitía potenciar los sabores y olores a frutos rojos".

Desde entonces los tiempos (y los gustos) han cambiado y aunque los rosados siguen siendo muy habituales en estas tierras, la Prieto Picudo bien tratada en cultivo y en bodega permite la elaboración de grandes tintos llamados a disfrutar de la gloria del envejecimiento, obteniendo vinos personales y únicos como Cumal 2016, un vino de larga guarda para disfrutar y sentir el enorme potencial de la Prieto Picudo en cada sorbo.

Carmen Fernández
Licenciada en CC de la Información y especializada en enogastronomía y turismo

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