Viernes 05 de Junio de 2026
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Durante años se ha instalado la idea de que ciertos vinos generosos jerezanos resultan excesivos o difíciles. Una percepción que nace, en muchos casos, de mirarlos con criterios que no les pertenecen. Esta reflexión propone detenerse, observar con otros ojos y cuestionar esa etiqueta heredada, para abrir paso a una comprensión más justa de unos vinos que, cuando se atienden con calma, revelan equilibrio, sutileza y una personalidad que trasciende cualquier prejuicio.
Son muchas las veces que he escuchado calificar a los vinos de Jerez como "fuertes" o "pesados". Una idea que se repite sobre todo cuando no se han sabido distinguir las cualidades tan singulares que poseen los vinos fortificados del Marco de Jerez.
En las siguientes líneas intentaremos desmontar con serenidad este prejuicio que, bajo mi punto de vista, resulta no solo injusto, sino también fruto de un conocimiento incompleto.
Podemos partir de una idea sencilla: quizá el problema no esté en los vinos, sino en nuestra manera contemporánea de entender la elegancia. Hemos aprendido —casi sin darnos cuenta— a identificarla con lo ligero, lo fresco o lo inmediato. Y sin embargo, cabe preguntarse: ¿por qué un vino intenso no puede ser elegante?, ¿por qué la profundidad y la delicadeza habrían de ser conceptos opuestos?
Tomemos como ejemplo dos vinos generosos de crianza oxidativa que se elaboran en Jerez de la Frontera. En primer lugar, el Oloroso, cuyo carácter nace del tiempo y de una crianza oxidativa larga y paciente, en la que la evaporación concentra sus componentes y, de manera muy especial, la glicerina. Esa riqueza natural es la que explica su sensación de calidez envolvente, esa textura amplia que recorre el paladar sin aristas. No hay aspereza, sino continuidad.
En segundo lugar, el Palo Cortado, quizá el mejor argumento contra cualquier lectura simplista de los vinos de Jerez. Definido a menudo como "un oloroso delicado", el concepto encierra ya una paradoja reveladora. Criado inicialmente como un vino llamado a ser fino y derivado después hacia la vía oxidativa, el Palo Cortado conserva una finura estructural que lo distingue del Oloroso sin renunciar a la profundidad. Es un vino complejo, refinado, de una elegancia silenciosa y persistente.
Aquí aparece otro de los grandes errores contemporáneos: confundir potencia con agresividad. Y es precisamente en la mesa donde esta confusión se hace más evidente. El Oloroso y el Palo Cortado no invaden el sabor de la comida, sino que lo envuelven y lo acompañan, amplificando sus matices. Son vinos largos, persistentes, capaces de sostener platos de gran intensidad —carnes, guisos, salsas complejas— sin perder equilibrio.
Quizá por eso resultan tan reveladores cuando se sirven con la atención que merecen: en pequeñas cantidades, en copas adecuadas, en el tiempo pausado de la conversación. En ese contexto, la supuesta "fuerza" se transforma en armonía, y la potencia en una forma muy precisa de elegancia estructural.
Por todas estas razones, soy de la opinión de que tanto el Oloroso como el Palo Cortado no necesitan ser defendidos, sino comprendidos. Y, sobre todo, necesitan ser probados sin prejuicios. Porque cuando se abandona la idea de que la elegancia solo habita en lo ligero, estos vinos muestran lo que siempre han sido: expresiones profundas, cálidas y refinadas de un tiempo largo y de una cultura que entiende que la verdadera sutileza no siempre es frágil; a veces, simplemente, es duradera.
Hay en Jerez una forma particular de convivir con lo excepcional como si formara parte de lo cotidiano. Y, sin embargo, hay acontecimientos que obligan a detener esa inercia. Vinoble es uno de ellos. En su edición de 2026, el certamen ha vuelto a recordar esta condición casi natural de la ciudad para dialogar con lo extraordinario sin perder la cercanía.
Durante tres días, Jerez se ha situado de nuevo en el centro del mapa internacional del vino, acogiendo no solo a sus grandes referencias históricas, sino también a vinos de otras regiones y países que comparten un mismo lenguaje: el del tiempo, la complejidad y la elaboración paciente. En el marco del Alcázar, bodegas, enólogos, prescriptores y profesionales del sector han vuelto a encontrarse en un espacio donde el vino no se presenta como tendencia, sino como cultura.
Vinoble no es únicamente un evento profesional ni un escaparate. Es, sobre todo, una forma de afirmación: la de unos vinos —generosos, dulces naturales y licorosos— que encuentran en Jerez su raíz, pero también su proyección internacional. Un lugar donde lo local no se reduce, sino que se expande en diálogo con otras tradiciones enológicas del mundo.
La edición de 2026 se cierra, pero lo relevante no es el cierre en sí, sino la continuidad que deja: la constatación de que nuestros vinos siguen teniendo un lugar propio en un contexto dominado por la velocidad y que siguen siendo un punto de encuentro imprescindible entre tradición y mundo.
Y quizá las preguntas que quedan en el aire sean sencillas: ¿estamos juzgando estos vinos por lo que realmente son o por la prisa con la que los miramos? ¿Y si, en lugar de preguntarnos si un vino es demasiado intenso, empezáramos a preguntarnos si le estamos dedicando el tiempo suficiente para comprenderlo? ¿No será que, al buscar ligereza inmediata, estamos renunciando sin saberlo a matices que solo se revelan con paciencia?
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